30 de enero de 2015

Hambre

«"¡Dios sabe –pensé- si todo esto me servirá para buscar una colocación!" Estas múltiples repulsas, estas vagas promesas, estos “no” secos, estas esperanzas tan pronto nacidas como desvanecidas, estas nuevas tentativas que a cada instante se convertían en nada, habían consumido mi animosidad. Últimamente había solicitado una plaza de auxiliar de caja, pero llegué tarde; por otra parte, no podía prestar la fianza de cincuenta coronas. Siempre encontraba algún obstáculo. También me había presentado en el cuerpo de bomberos. Estábamos en el patio unos cincuenta hombres, sacando el pecho para dar una impresión de fuerza y de gran intrepidez. Un inspector examinaba a los pretendientes, les tentaba los brazos y les hacía preguntas. Pasó ante mí completamente erguido y se contentó con decirme, moviendo la cabeza, que quedaba rechazado a causa de mis gafas. Me presenté por segunda vez, sin gafas, tenía los párpados fruncidos, los ojos agudos como cuchillos, y nuevamente pasó el hombre completamente erguido ante mí, sonriendo…, debió reconocerme. Lo peor de todo era que mi traje estaba tan deteriorado que ya no podía presentarme en ningún sitio de forma conveniente.

¡Con qué regularidad, con qué movimiento uniforme, había bajado la pendiente! Me hallaba privado absolutamente de todo, ni siquiera me quedaba un peine, ni un libro que leer cuando la vida se me hacía triste.»

Knut Hamsun

Hambre

25 de enero de 2015

De repente en lo profundo del bosque

«La maestra Emmanuela explicó a la clase qué aspecto tiene un oso, cómo respiran los peces y qué sonidos emite la hiena por la noche. También colgó en la clase fotografías de animales. Casi todos los niños se burlaban de ella, porque en su vida habían visto un animal. La mayoría de los niños no se creía del todo que en el mundo existiesen esas criaturas. Al menos, no cerca de donde nosotros vivimos. Y además, decían, la maestra todavía no ha conseguido encontrar en todo el pueblo a nadie que quiera ser su pareja, y por eso, decían, tiene la cabeza llena de lobos, gorriones y todo tipo de fantasías que las personas sin pareja se inventan llevadas por la soledad.»

Amos Oz
De repente en lo profundo del bosque

19 de enero de 2015

Festín de cuervos



«Ag
uja era demasiado pequeña, no era una espada de verdad, en realidad se trataba de poco más que un juguete. Ella no era más que una niñita idiota cuando Jon se la regaló.

—No es más que una espada —dijo con determinación.

Pero sí que era algo más.

Aguja era Robb, Bran, Rickon, su madre y su padre, hasta Sansa. Aguja era los muros grises de Invernalia y las risas de sus habitantes. Aguja era las nieves de verano, los cuentos de la Vieja Tata, el árbol corazón con sus hojas rojas y su rostro aterrador, el cálido olor a tierra de los jardines de cristal, el sonido del viento del norte contra los postigos de su habitación. Aguja era la sonrisa de Jon Nieve.

“Me revolvía el pelo y me llamaba hermanita”, recordó, y de repente se le llenaron los ojos de lágrimas.»

George R. R. Martin
Festín de cuervos

11 de enero de 2015

Fahrenheit 451


«Desde 1960, iniciamos y ganamos dos guerras atómicas. ¿Nos divertimos tanto en casa que nos hemos olvidado del mundo? ¿Acaso somos tan ricos y el resto del mundo tan pobre que no nos preocupamos de ellos? He oído rumores. El mundo padece hambre, pero nosotros estamos bien alimentados. ¿Es cierto que el mundo trabaja duramente mientras nosotros jugamos? ¿Es por eso que se nos odia tanto? También he oído rumores sobre el odio, hace muchísimo tiempo. ¿Sabes tú por qué? ¡Yo no, desde luego! Quizá los libros puedan sacarnos a medias del agujero. Tal vez pudieran impedirnos que cometiéramos los mismos funestos errores.»

Ray Bradbury
Fahrenheit 451

8 de enero de 2015

Modos de ver


«La idea de inocencia tiene dos vertientes. Quien se niega a participar en una conspiración permanece inocente. Pero también conserva su inocencia el que permanece ignorante. La cuestión no se dirime aquí entre la inocencia y el conocimiento (ni entre lo natural y lo cultural) sino entre una aproximación total al arte que intente relacionarlo con todos los aspectos de la experiencia y la aproximación esotérica de unos cuantos expertos especializados, clérigos de la nostalgia de una clase dominante en decadencia. (En decadencia, no ante el proletariado, sino ante el nuevo poder de las grandes empresas y el Estado.) La cuestión real es: ¿a quién pertenece propiamente la significación del arte del pasado? ¿A los que pueden aplicarle sus propias vidas o a una jerarquía cultural de especialistas en reliquias?»

John Berger
Modos de ver

5 de enero de 2015

SONETO A GRETA GARBO

Ábreme las dos puertas de tu casa
quiero besar tu boca que me deja
adivinar el aire cuando pasa
tu corazón envuelto en una abeja

O bien decirme puedes qué te pasa
pálido rododendro triste y vieja
bajo la luna que te pone lasa
mientras te llueve el mundo en una oreja

Sin duda como sueles llorar lloras
Sin duda te desnudas a la luna
Sin duda de costumbre te adormeces

Quiero besar tu boca en esas horas
muertas que mueres tú también de una
supuración de amor algunas veces

Carlos Edmundo de Ory
Metanoia

3 de enero de 2015

Pequeño teatro


«Kepa hubiera querido acercarse a ella, preguntarle cosas. “¿Por qué miras el retrato de tu madre?” Kepa, tal vez, hubiese querido decir muchas cosas. “Yo no sé qué es lo que buscas. Tal vez tu madre hubiera entendido a tu pobre, a tu solitario corazón. A veces, Zazu, tengo miedo. Tengo remordimientos. A veces, pienso que no he sido bueno para ti.”

Inesperadamente Zazu se acercó a él y le abrazó. Sus caricias eran casi siempre intempestivas y le sobresaltaban. Sintió los brazos de su hija, unos brazos duros y nerviosos, que le apretaban el cuello, haciéndole daño. Kepa los apartó de sí, con un pequeño gruñido.

—Haces daño, haces daño. Ni siquiera sabes…

Zazu se sorprendió, pensando. “Si fuese Marco… Si fuese él, le apretaría más, mucho más. Si fuese posible, si supiese que nadie iba a saberlo nunca, yo le apretaría la garganta y lo mataría. Bien cierto es que lo deseo. Bien cierto es que deseo su muerte más que nada en el mundo”. Zazu tuvo miedo, de nuevo. “Para que deje de perseguirme. Para no acordarme de él. Para no pensar dónde estará, qué hará, qué dirá. Para no esperar inútilmente su llegada, hora tras hora.” Zazu se estremeció. No era posible todo esto. “Marco, Marco.”»

Ana María Matute
Pequeño teatro