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4 de abril de 2025

Lady L.

«La ventana estaba abierta. Sobre el fondo azul del cielo, el ramo de tulipanes bajo la luz estival hizo que pensara en Matisse, que acababa de sufrir una muerte prematura a los ochenta años de edad, e incluso los pétalos amarillos caídos en torno al jarrón parecían obedecer al pincel del maestro. Lady L. tenía la sensación de que la naturaleza empezaba a ahogarse. Los grandes pintores se lo habían quitado todo; Turner le había robado la luz, Boudin el aire y el cielo, Monet la tierra y el agua; Italia, París, Grecia, a fuerza de andar rodando por todas las paredes, no eran más que tópicos, lo que no se ha pintado se ha fotografiado y la tierra entera tenía cada vez más ese aire usado de las jóvenes a las que han desvestido demasiadas manos. O quizá era ella la que había vivido demasiado tiempo. Inglaterra celebraba aquel día su octogésimo cumpleaños y el velador estaba lleno de telegramas y de mensajes, muchos de los cuales procedían del palacio de Buckingham: cada año ocurría lo mismo, todo el mundo venía torpemente a ponerle los puntos sobre las íes. Miró con reprobación los tulipanes amarillos, preguntándose cómo habían podido llegar aquellas flores a su jarrón favorito. A lady L. le horrorizaba el amarillo. Era el color de la traición, de la sospecha, el color de las avispas, de las epidemias, del envejecimiento. Clavó una mirada severa en los tulipanes y rápidamente afloró una duda… Pero no, era imposible. Nadie lo sabía. Una negligencia del jardinero.»
 
Romain Gary
Lady L.

2 de marzo de 2024

Lady L.

«En Armand Denis había, además, un profundo odio ideológico hacia la música, la poesía y el arte en general, en primer lugar porque no se dirigía más que a las élites y, en segundo lugar, porque toda búsqueda de la belleza le parecía un insulto al pueblo, en tanto que no se integraba dentro de un esfuerzo general por cambiar su situación.»
 
Romain Gary
Lady L.

16 de diciembre de 2022

Lady L.

«¿De verdad era lady L., respetada, mimada y admirada, de la que cinco hombres al menos en el salón de baile estaban secretamente enamorados, o era aún Annette, dispuesta a afrontar todos los peligros y a cometer todas las locuras por arrebatar a la vida un instante más de culpable embriaguez?»
 
Romain Gary
Lady L.

21 de febrero de 2015

El bosque del odio

«Esa tarde, pan Jozef se presentó, patéticamente, ante los partisanos. El bigote y el czub le colgaban de un modo lamentable. Tenía el rostro contraído y triste del que sufre dolor de muelas: daban ganas de aplicarle una compresa en la mejilla. Miraba de reojo. Con voz muy débil, dijo:

-Quiero hablar con mi mujer.
-Vete –replicó simplemente Czerw.

Entonces pan Jozef se echó a llorar, de forma inesperada. Se marchó, pero volvió al día siguiente, y al otro. Pani Frania ya no estaba en el bosque; Czerw la había llevado a casa de sus padres, en Murawy. Durante dos semanas, pan Jozef volvió cada día. Cada vez pedía ver a su mujer, escuchaba los insultos con un aire triste y volvía a irse, sin atreverse a mirar a nadie a los ojos. Y luego, un buen día, una broma de mal gusto de Krylenko puso un final inesperado a aquel asunto. Pan Jozef había llegado al bosque y, siguiendo la costumbre por entonces ya arraigada, pidió ver a su mujer. Krylenko le miró un buen rato, escupió y dijo:

-Felicidades, posadero. Tengo una buena noticia para ti. ¡Vas a ser padre!

Los partisanos presentes en la conversación, aunque habían visto a hombres sufrir y agonizar durante horas, coincidieron en que “nunca habían visto a un tipo con tan mala cara”. Pan Jozef no dijo nada. Simplemente, todo el rostro se le hundió, se vació de sangre, y sus ojos adquirieron una expresión de sufrimiento muy humano. “Casi parecía un hombre”, declaró más tarde Krylenko, bastante avergonzado, por otra parte, por las consecuencias de su broma. Porque pan Jozef les dio la espalda y se fue. Pero no muy lejos. Sólo llegó hasta el primer árbol un poco aislado, un poco apartado, y allí se sacó los tirantes y se colgó limpiamente de una rama bien sólida. A los partisanos les pareció que el gesto tenía cierta grandeza, y que después de todo el corazón de pan Jozef no estaba compuesto sólo de grasa, como suponía, lo que le valió ser enterrado con una cruz de madera bien plantada sobre su tumba, como corresponde a un cristiano.»

Romain Gary
El bosque del odio

14 de enero de 2013

El bosque del odio



«El niño le miró con atención.

-¿Te gusta la música?
-Mucho.
-Entonces no me pegarás. No se puede apreciar la música y pegarme. ¿No se lo dirás a nadie?
-A nadie.
-Entonces, escucha…

Tomó el violín. De pie en medio del sótano maloliente, vestido con sucios harapos, el niño judío cuyos padres habían sido asesinados en un gueto restituyó el mundo y a los hombres, restituyó a Dios. Tocaba.

Su rostro ya no era feo, su cuerpo torpe ya no era ridículo, y en su pequeña mano el arco se había convertido en una varita mágica. Con la cabeza echada hacia atrás como hacen los triunfadores, los labios entreabiertos en una sonrisa victoriosa, tocaba. El mundo había salido del caos. Había tomado una forma armoniosa y pura. Primero murió el odio, y a los primeros acordes el hambre, el desprecio y la fealdad huyeron, como larvas oscuras que a la luz se ciegan y mueren. En todos los corazones vivía el calor del amor. Todas las manos estaban tendidas, todos los pechos eran fraternales. De vez en cuando el niño se detenía y dirigía a Janek una mirada triunfal.

-Un poco más –murmuraba Janek.

El niño seguía. Y de repente Janek tuvo miedo, tuvo miedo de la muerte. Una bala alemana, el frío, el hambre, y él desaparecería antes de que su alma bebiese el Grial humano, creado en medio de la peste y el odio, de las matanzas y el desprecio, con el sudor de muchas frentes y el precio de lágrimas de sangre, en medio del gran sufrimiento del cuerpo y del espíritu, de la cólera o la indiferencia del cielo: el trabajo incomparable de esas hormigas humanas que en algunos años de vida miserable supieron crear belleza para los siguientes milenios.»


Romain Gary
El bosque del odio

24 de abril de 2012

El bosque del odio


«En el corazón del bosque vivían unos hombres hambrientos y debilitados. En las ciudades les llamaban “partisanos” y en el campo, “verdes”. Hacía ya tiempo que aquellos hombres sólo luchaban contra el hambre, el frío y la desesperación. Su única preocupación era sobrevivir. Vivían en grupitos de seis o siete, en guaridas excavadas en el suelo y disimuladas con ramas, como animales perseguidos. Obtener alimentos era difícil, a menudo imposible. Sólo los verdes que tenían familia o amigos en la región lograban comida. Los demás se morían de hambre, o bien abandonaban el bosque para que los mataran.»

Romain Gary
El bosque del odio


Imagen: George Pratt

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