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27 de febrero de 2023

La casa de Bernarda Alba

«BERNARDA
¿Qué ocurre?
 
PONCIA
La hija de la Librada, la soltera, tuvo un hijo no se sabe con quién.
 
ADELA
¿Un hijo?
 
PONCIA
Y para ocultar su vergüenza lo mató y lo metió debajo de unas piedras; pero unos perros, con más corazón que muchas criaturas, lo sacaron y, como llevados por la mano de Dios, lo han puesto en el tranco de su puerta. Ahora la quieren matar. La traen arrastrando por la calle abajo, y por las trochas y los terrenos del olivar vienen los hombres corriendo, dando unas voces que estremecen los campos.
 
BERNARDA
Sí, que vengan todos con varas de olivo y mangos de azadones, que vengan todos para matarla.
 
ADELA
¡No, no, para matarla no!
 
MARTIRIO
Sí, y vamos a salir también nosotras.
 
BERNARDA
Y que pague la que pisotea su decencia.
 
(Fuera se oye un grito de mujer y un gran rumor.)
 
ADELA
¡Que la dejen escapar! ¡No salgáis vosotras!
 
MARTIRIO (Mirando a ADELA.)
¡Que pague lo que debe!
 
BERNARDA (Bajo el arco.)
¡Acabar con ella antes que lleguen los guardias! ¡Carbón ardiendo en el sitio de su pecado!
 
ADELA (Cogiéndose el vientre.)
¡No! ¡No!
 
BERNARDA
¡Matadla! ¡Matadla!»
 
Federico García Lorca
La casa de Bernarda Alba

10 de noviembre de 2021

La casa de Bernarda Alba

«PONCIA
Esas cosas pasan entre personas ya un poco instruidas que hablan y dicen y mueven la mano… La primera vez que mi marido, Evaristo el Colorín, vino a mi ventana… ¡Ja, ja, ja!
 
AMELIA
¿Qué pasó?
 
PONCIA
Era muy oscuro. Lo vi acercarse y, al llegar, me dijo: “Buenas noches”. “Buenas noches”, le dijo yo, y nos quedamos callados más de media hora. Me corría el sudor por todo el cuerpo. Entonces Evaristo se acercó, se acercó que se quería meter por los hierros, y dijo con voz muy baja: “¡Ven, que te tiente!” (Ríen todas.)
 
(AMELIA se levanta corriendo y espía por una puerta.)
 
AMELIA
¡Ay! ¡Creía que llegaba nuestra madre!
 
MAGDALENA
¡Buenas nos hubiera puesto!
 
(Siguen riendo.)
 
AMELIA
Chissss… ¡Qué nos va a oír!
 
PONCIA
Luego se portó bien. En vez de darle por otra cosa, le dio por criar colorines hasta que se murió. A vosotras, que sois solteras, os conviene saber de todos modos que el hombre, a los quince días de boda, deja la cama por la mesa, y luego la mesa por la tabernilla. Y la que no se conforma, se pudre llorando en un rincón.»
 
Federico García Lorca
La casa de Bernarda Alba

27 de marzo de 2013

Yerma

YERMA – Pero tú no. Cuando nos casamos eras otro. Ahora tienes la cara blanca como si no te diera en ella el sol. A mí me gustaría que fueras al río y nadaras y que te subieras al tejado cuando la lluvia cala nuestra vivienda. Veinticuatro meses llevamos casados, y tú cada vez más triste, más enjuto, como si crecieras al revés.

Federico García Lorca
Yerma

30 de marzo de 2012

La zapatera prodigiosa

“ALCALDE - ¿En el trabajo?
ZAPATERO – En el trabajo, señor Alcalde.
ALCALDE - ¿Mucho dinero?
ZAPATERO – El suficiente.
(El ZAPATERO sigue trabajando. El ALCALDE mira curiosamente a todos lados.)
ALCALDE – Tú no estás bueno.
ZAPATERO (Sin levantar la vista) - No.
ALCALDE – La mujer.
ZAPATERO (Asintiendo) – La mujer.
ALCALDE (Sentándose) – Eso tiene casarse a tu edad… A tu edad se debe ya estar viudo… de una como mínimum… Yo estoy de cuatro: Rosa, Manuela, Visitación y Enriqueta Gómez, que ha sido la última; buenas mozas todas, aficionadas al baile y al agua limpia. Todas sin excepción han probado esta vara repetidas veces. En mi casa… en mi casa, coser y cantar.
ZAPATERO – Pues ya está usted viendo qué vida la mía. Mi mujer… no me quiere. Habla por la ventana con todos. Hasta con don Mirlo, y a mí se me está encendiendo la sangre.
ALCALDE (Riendo) – Es que ella es una chiquilla alegre; eso es natural.
ZAPATERO – Ca. Estoy convencido… yo creo que esto lo hace por atormentarme. Porque estoy seguro… ella me odia. Al principio creí que la dominaría con mi carácter dulzón y mis regalillos, collares de coral, cintillos, peinetas de concha… hasta unas ligas. Pero ella… ella es siempre ella.
ALCALDE – Y tú siempre tú, ¡qué demonio! Vamos, lo estoy viendo y me parece mentira cómo un hombre, lo que se dice un hombre, no se puede meter en cintura, no una, sino ochenta hembras. Si tu mujer habla por la ventana con todos, si tu mujer se pone agria contigo, es porque tú quieres, porque tú no tienes arranque. A las mujeres, buenos apretones en la cintura, pisadas fuertes y la voz siempre en alto, y si con esto se atreven a hacer quiquiriquí, la vara, no hay otro remedio. Rosa, Manuela, Visitación y Enriqueta Gómez, que ha sido la última, te lo pueden decir desde la otra vida, si es que por casualidad están allí.”


Federico García Lorca
La zapatera prodigiosa

28 de noviembre de 2010

Yerma

VIEJA – Y con tu marido…
YERMA – Mi marido es otra cosa. Me lo dio mi padre y yo lo acepté. Con alegría. Esta es la pura verdad. Pues el primer día que me puse novia con él ya pensé… en los hijos… Y me miraba en sus ojos. Sí, pero era para verme muy chica, muy manejable, como si yo misma fuera hija mía.
VIEJA – Todo lo contrario que yo. Quizá por eso no hayas parido a tiempo. Los hombres tienen que gustar, muchacha. Han de deshacernos las trenzas y darnos de beber agua en su misma boca. Así corre el mundo.
YERMA – El tuyo, que el mío no. Yo pienso muchas cosas, y estoy segura que las cosas que pienso las ha de realizar mi hijo. Yo me entregué a mi marido por él, y me sigo entregando para ver si llega, pero nunca por divertirme.
VIEJA - ¡Y resulta que estás vacía!
YERMA – No, vacía no, porque me estoy llenando de odio. Dime: ¿tengo yo la culpa? ¿En preciso buscar en el hombre al hombre nada más? Entonces, ¿qué vas a pensar cuando te deja en la cama con los ojos tristes mirando al techo y da media vuelta y se duerme? ¿He de quedarme pensando en él o en lo que puede salir relumbrando de mi pecho? Yo no sé, ¡pero dímelo tú, por caridad!

Federico García Lorca
Yerma

5 de junio de 2010

Yerma

YERMA - ¡María! ¿Por qué pasas tan de prisa por mi puerta?
MARÍA – Cuando voy con el niño lo hago... ¡Como siempre lloras!
Y – Tienes razón.
M – Me da tristeza que tengas envidia.
Y – No es envidia lo que tengo; es pobreza.
M – No te quejes.
Y - ¡Cómo no me voy a quejar cuando te veo a ti y a las otras mujeres llenas por dentro de flores, y viéndome yo inútil en medio de tanta hermosura!
M – Pero tienes otras cosas. Si me oyeras, podrías ser feliz.
Y – La mujer de campo que no da hijos es inútil como un manojo de espinos, y hasta mala, a pesar de que yo sea de este desecho dejado de la mano de Dios. Tómalo, contigo está más a gusto. Yo no debo tener manos de madre.
M - ¡Por qué dices esto!
Y – Porque estoy harta. Porque estoy harta de tenerlas y no poderlas usar en cosa propia. Que estoy ofendida, ofendida y rebajada hasta lo último, viendo que los trigos apuntan, que las fuentes no cesan de dar agua y que paren las ovejas cientos de corderos, y las perras, y que parece que todo el campo puesto de pie me enseña sus crías tiernas, adormiladas, mientras yo siento los golpes de martillo aquí, en lugar de la boca de mi niño.


Federico García Lorca
Yerma

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