3 de mayo de 2018

El hombre en busca de sentido



«Las experiencias de la vida en un campo demuestran que el hombre mantiene su capacidad de elección. Los ejemplos son abundantes, algunos heroicos; también se comprueba cómo algunos eran capaces de superar la apatía y la irritabilidad. El hombre puede conservar un reducto de libertad espiritual, de independencia mental, incluso en aquellos crueles estados de tensión psíquica y de indigencia física.

Los supervivientes de los campos de concentración aún recordamos a algunos hombres que visitaban los barrancones consolando a los demás y ofreciéndoles su único mendrugo de pan. Quizá no fuesen muchos, pero esos pocos representaban una muestra irrefutable de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino— para decidir su propio camino.

Y allí siempre se presentaban ocasiones para elegir. A diario, a cualquier hora, se ofrecía la oportunidad de tomar una decisión; una decisión que determinaba si uno se sometería o no a las fuerzas que amenazaban con robarle el último resquicio de su personalidad: la libertad interior. Una decisión que también prefijaba si la persona se convertiría —al renunciar a su propia libertad y dignidad— en juguete o esclavo de las condiciones del campo, para así dejarse moldear hasta conducirse como un prisionero típico.»

Viktor Frankl
El hombre en busca de sentido

22 de abril de 2018

Mansfield Park


«Henry Crawford había destruido su felicidad, pero nunca debía enterarse de que lo había hecho, pues no debía destruir también su buena reputación, su apariencia pública y su prosperidad. Henry Crawford no debía pensar que ella lloraba en su retiro de Mansfield por él, y que rechazaba Sotherton y Londres, la independencia y el esplendor, por él. Necesitaba más independencia que nunca, y jamás había sentido la falta de ésta que sufría en Mansfield con mayor intensidad. Cada vez era menos capaz de soportar las restricciones que le imponía su padre. La libertad que la ausencia de éste le había proporcionado se había convertido en algo absolutamente indispensable para ella. Tenía que huir de su padre y de Mansfield lo antes posible, y hallar consuelo en la fortuna y la importancia social, en el bullicio mundano, para aliviar su espíritu herido. Estaba plenamente decidida y no pensaba cambiar de intención.

Sintiéndose así, cualquier demora, incluso la provocada por la gran cantidad de preparativos necesarios para el enlace, podría haber sido perniciosa, pero afortunadamente el señor Rushworth estaba casi tan impaciente como ella por que se celebrase. Mentalmente, Maria se sentía preparada por completo; estaba preparada para el matrimonio porque odiaba su hogar, las restricciones y tanta tranquilidad; porque sufría tras haberse llevado una decepción amorosa y porque despreciaba al hombre con el que se iba a casar. Lo demás podía esperar. La elección de nuevos carruajes y nuevo mobiliario podía aguardar hasta la primavera, cuando estuviese instalada en Londres y pudiera imponer su propio gusto.»

Jane Austen
Mansfield Park

20 de abril de 2018

Jacobo o la sumisión


«Jacobo, abuelo (cantando): Un… bo… rra… cho… en… can… ta… dor… can… ta… ba… y mur… mu… ra… ba.

Jacobo, abuela (al viejo): ¡Cállate! ¡Cállate o te la rompo!

Le da un puñetazo al viejo en la cabeza y le hunde la gorra.

Jacobo, padre: Irrevocablemente, abandono esta habitación a todo trance, pase lo que pase. Además, nada hay que hacer. Voy a mi habitación de al lado, lío el petate y no me volveréis a ver sino a las horas de comer, algunas veces durante el día y por la noche para descansar. (A Jacobo) ¡Y tú me devolverás tu cesto! ¡Y decir que todo esto es para regocijar a Júpiter!»

Eugène Ionesco
Jacobo o la sumisión

17 de abril de 2018

Cartero


«Aunque G.G. conocía su caja de arriba abajo, sus manos se iban haciendo cada vez más lentas. Simplemente había manejado demasiadas cartas en su vida, y su cuerpo, con sus sentidos adormecidos, se estaba finalmente rebelando. Varias veces durante la mañana le vi vacilar. Se paraba y se tambaleaba, entraba como en un trance, luego se recuperaba y ordenaba algunas cartas más. A mí no es que me cayese particularmente bien. Su vida no había sido muy valiente y se había ido convirtiendo en algo así como una masa de mierda. Pero cada vez que vacilaba, algo me estremecía. Era como un fiel y pundonoroso caballo que no pudiese seguir por más tiempo. O un automóvil que se rindiese finalmente, una mañana.»

Charles Bukowski
Cartero

10 de abril de 2018

Otelo



«YAGO
Señor, la honra en el hombre o la mujer
es la joya más preciada de su alma.
Quien me roba la bolsa, me roba metal;
es algo y no es nada; fue mío y es suyo,
y ha sido esclavo de miles.
Mas, quien me quita la honra, me roba
lo que no le hace rico y a mí me empobrece.

OTELO
¡Vive Dios, dime lo que piensas!

YAGO
No podría, ni con mi alma en vuestra mano,
ni querré, mientras yo la gobierne.

OTELO
¿Qué?

YAGO
Señor, cuidado con los celos.
Son un monstruo de ojos verdes que se burla
del pan que le alimenta. Feliz el cornudo
que, sabiéndose engañado, no quiere a su ofensora;
mas, ¡qué horas de angustia le aguardan
al que duda y adora, idolatra y recela!

OTELO
¡Qué tortura!

YAGO
El pobre contento es rico y bien rico;
quien nada en riquezas y tema perderlas
es más pobre que el invierno.
¡Dios bendito, a todos los míos
guarda de los celos!

OTELO
¿Por qué, por qué dices eso?
¿Tú crees que viviría una vida de celos,
cediendo cada vez a la sospecha
con las fases de la luna? No. Estar en la duda
es tomar la decisión. Que me vuelva
macho cabrío si mi espíritu se entrega
a conjeturas tan extrañas y abultadas
como tus alegaciones. Para darme celos
no basta con decir que mi esposa es bella,
sociable, sabe comer y conversar, canta,
tañe y baila: estas prendas le añaden virtud.
Y mi propia indignidad no me causa
la menor duda o recelo de su fidelidad,
pues tenía ojos y me eligió. No, Yago;
quiero ver antes de dudar. Si dudo, pruebas;
y con pruebas no hay más que una solución:
¡Adiós al amor o a los celos!»

William Shakespeare
Otelo

9 de abril de 2018

Mientras escribo



«Annie Wilkes, la enfermera que tiene prisionero a Paul Sheldon en Misery, parecerá una sicópata, pero hay que tener en cuenta que ella se ve como una persona cuerda y sensata; de hecho se considera una heroína, una mujer con muchos problemas que intenta sobrevivir en un mundo hostil. La vemos experimentar cambios de humor peligrosos, pero hice lo posible por evitar pronunciarme con frases como “Annie amaneció deprimida, y quizá hasta con pulsiones suicidas”, o “Parecía que Annie tuviera mejor día de lo habitual”. Si tengo que decirlo, salgo perdiendo. Gano, en cambio, si puedo enseñar a una mujer callada y con el pelo sucio, devoradora compulsiva de galletas y caramelos, y lograr que el lector deduzca que Annie se halla en la fase de depresión de un ciclo maníaco-depresivo. Y si puedo comunicar la perspectiva del mundo de Annie, aunque sea brevemente (si puedo hacer entender su locura), quizá consiga que el lector simpatice con ella, e incluso que se identifique. ¿Resultado? Que da más miedo que nunca, porque se aproxima más a la realidad. Por otro lado, si la convierto en una arpía siniestra, sólo será otra bruja de cartón. En ese caso pierdo mucho, y pierde conmigo el lector. ¿Quién tendrá ganas de visitar a una mala-mala tan rancia? Una versión así de Annie Wilkes ya era vieja cuando estrenaron El mago de Oz.»

Stephen King
Mientras escribo

28 de marzo de 2018

La lucha por la vida


«—Pero hubiera sido aún más terrible si llegan a hacer lo que querían, que era apagar las luces del teatro antes de echar las bombas —dijo Prats.
¡Qué barbaridad! —exclamó Manuel.
A oscuras hubieran muertos todos —añadió riendo Prats.
No —exclamó Manuel levantándose—; de eso no se puede reír nadie, a no ser que sea un canalla. Matar así de una manera tan bárbara…
Eran burgueses —dijo el Madrileño.
Aunque lo fueran.
Y en la guerra, ¿no matan los militares a gente inocente? —preguntó Prats—. ¿No disparan sobre las casas con bala explosiva?
Pues los que hacen eso son tan canallas como el otro.
Éste, como ya tiene su imprenta —dijo el Madrileño con sorna—, se siente burgués.
Por lo menos, no me siento asesino. Ni tú tampoco.
Una de las bombas no estalló —dijo Skopos—, cayó sobre una mujer muerta por la primera bomba. Por esto, la carnicería no fue mayor.
¿Y quién hizo esa bestialidad? —preguntó Perico Rebolledo.
Salvador.
Ese sí que tendría las entrañas negras…
Debía ser un fiera —dijo Skopos—. Él se escapó del teatro en el momento del pánico, y al día siguiente, cuando el entierro de las víctimas, parece que se le ocurrió subir a lo alto del monumento de Colón con diez o doce bombas, y desde allí irlas arrojando al paso de la comitiva.
No comprendo cómo se puede tener simpatía por hombres así —dijo Manuel.
Mientras estuvo preso —siguió diciendo Skopos—, hizo la comedia de convertirse a la religión. Los jesuitas le protegieron, y allí anduvo un padre Goberna solicitando el indulto. Las señoras de la aristocracia se interesaron también por él, y él se figuraba que le iban a indultar… Pero cuando le metieron en capilla y vio que el indulto no venía, se desenmascaró, y dijo que su conversión era una filfa. Tuvo una frase hermosa: ¿y tus hijas? —le dijeron—. ¿Qué va a ser de tus pobrecitas hijas? ¿Quién se va a ocupar de ellas? “Si son guapas —contestó él—, ya se ocuparán de ellas los burgueses”.
¡Ah!... Es bien… Es bien… —gritó Caruty, que hasta entonces había estado silencioso e inmóvil—. Es bien… le grand canaille… Es bien… Es una frase…
Yo asistí a la ejecución de Salvador —siguió diciendo Skopos— desde un coche de la Ronda; cuando subió al patíbulo iba cayéndose…; pero ¡la vanidad lo que puede!...; el hombre vio un fotógrafo que le apuntaba con la máquina, y entonces levantó la cabeza y trató de sonreír… Una sonrisa que daba asco, la verdad, no sé por qué…. El esfuerzo que hizo le dio ánimos para llegar al tablado. Aquí trató de hablar; pero el verdugo le echó una manaza al hombro, le ató, le tapó la cara con un pañuelo negro, y se acabó…. Yo esperé a ver la impresión que producía a la gente. Venían obreros y muchachas de los talleres, y todos, al ver la figurilla de Salvador en el patíbulo, decían: ¡Qué pequeño es! Parece mentira.

Y hablaron de otros anarquistas, de Ravachol, de Vaillant, de Henry, de los de Chicago… Había oscurecido y siguieron hablando… Ya no eran las ideas, eran los hombres los que entusiasmaban. Y entre su humanitarismo exaltado y su culto de sectarios por una especie de religión nueva, aparecía en todos ellos, saliendo a la superficie, su fondo de meridionales, su admiración por el valor, su entusiasmo por la frase rotunda y el gesto gallardo…

Manuel se sentía inquieto, profundamente disgustado en aquel ambiente.

Y todos los domingos aumentaba el número de adeptos en “La Aurora roja”. Unos, contagiados por otros, iban llegando… Y crecía el grupo anarquista libremente, como una mancha de hierba en una calle solitaria…».

Pío Baroja
Aurora roja. La lucha por la vida