20 de enero de 2019

Desgracia


«Nunca ha sido ni se ha sentido muy profesor; en esta institución del saber tan cambiada y, a su juicio, emasculada, está más fuera de lugar que nunca. Claro que, a esos mismos efectos, también lo están otros colegas de los viejos tiempos, lastrados por una educación de todo punto inapropiada para afrontar las tareas que hoy día se les exige que desempeñen; son clérigos en un época posterior a la religión.

Como no tiene ningún respeto por las materias que imparte, no causa ninguna impresión en sus alumnos. Cuando les habla, lo miran sin verlo; olvidan su nombre. La indiferencia de todos ellos lo indigna más de lo que estaría dispuesto a reconocer. No obstante, cumple al pie de la letra con las obligaciones que tiene para con ellos, con sus padres, con el Estado. Mes a mes les encarga trabajos, los recoge, los lee, los devuelve anotados, corrige los errores de puntuación, la ortografía y los usos lingüísticos, cuestiona los puntos flacos de sus argumentaciones y adjunta a cada trabajo una crítica sucinta y considerada, de su puño y letra.

Sigue dedicándose a la enseñanza porque le proporciona un medio para ganarse la vida, pero también porque así aprende la virtud de la humildad, porque así comprende con toda claridad cuál es su lugar en el mundo. No se le escapa la ironía, a saber, que el que va a enseñar aprende la lección más profunda, mientras que quienes van a aprender no aprenden nada.»

J. M. Coetzee
Desgracia

7 de enero de 2019

Adonais


XLI

Él vive, está despierto, es la muerte
y no él quien ha muerto. No lloréis
por Adonais. Tú, joven Alborada,
transforma tu rocío en esplendor
pues de ti no ha huido el alma que lamentas.
Y vosotras cavernas, y vosotros bosques
¡cesad de lamentaros! Cesad de lamentaros
flores marchitas, fuentes, y tú, el viento,
que cual fúnebre velo habías arrojado
tu bufanda a la tierra abandonada,
ahora déjala desnuda
igual que las estrellas que sonríen
en su desesperanza jubilosas.

P. B. Shelley
Adonais


2 de enero de 2019

Conversación en La Catedral


«—Pero te voy a decir una cosa —dice Santiago—. No me arrepiento de haber entrado a San Marcos en vez de la Católica.
—Aquí tengo el recorte de La Prensa —dijo Aída—. Lee, para que te den vómitos.
—Porque gracias a San Marcos no fui un alumno modelo, ni un hijo modelo ni un abogado modelo, Ambrosio —dice Santiago.
—Que la sequía ha creado una situación explosiva en el Sur —dijo Aída—, un excelente caldo de cultivo para los agitadores. Sigue, eso no es nada, ya verás.
—Porque en el burdel estás más cerca de la realidad que en el convento, Ambrosio —dice Santiago.
—Que alerten a las guarniciones, que vigilen a los campesinos damnificados —dijo Aída—. Les preocupa la sequía porque podría haber un levantamiento, no porque los indios se mueren de hambre. ¿Has visto algo igual?
—Porque gracias a San Marcos me jodí —dice Santiago—. Y en este país el que no se jode, jode a los demás. No me arrepiento, Ambrosio.»

Mario Vargas Llosa
Conversación en La Catedral

23 de diciembre de 2018

Hotel Savoy


«Busco los motivos de que me encuentre tan lejos de ella, y no los descubro. Busco reproches, ¿qué podría reprocharle? Aceptó las flores de Alexander y no las devolvió. Es estúpido devolver flores. Puede que esté celoso. Si me comparo con Alexander Böhlaug, veo que todo lo tengo a mi favor.

Y sin embargo estoy celoso.

No soy un conquistador ni un pretendiente. Si algo se me ofrece, lo tomo y luego lo agradezco. Pero Stasia no se me ofrecía. Quería ser asediada.

Entonces no comprendía —llevaba muchos años solo y sin mujeres— por qué las muchachas actúan de un modo tan solapado y tienen tanta paciencia y tanto orgullo. Stasia no sabía que yo no la hubiera tomado como un triunfador, sino con humildad y agradecimiento. Hoy comprendo que la vacilación es propia de la naturaleza de las mujeres, y que sus mentiras son olvidadas incluso antes de que se produzcan.

A mí me preocupaba demasiado el Hotel Savoy y las personas, me preocupaba demasiado la suerte de los demás y demasiado poco la mía propia. Ante mí tenía a una hermosa mujer que esperaba una palabra mía, y yo no la pronuncié, como un escolar azorado.

Yo estaba insensibilizado. Era como si Stasia tuviera la culpa de mi larga soledad, y ella no podía saberlo. Le reprochaba que no fuese una adivina.

Ahora sé que las mujeres adivinan todo lo que pasa en nosotros, pero que esperan palabras.

Dios puso la vacilación en el alma de la mujer.

Su presencia me excitaba. ¿Por qué no venía a mí? ¿Por qué permitía que la acompañara el oficial de policía? ¿Por qué me pregunta si todavía estoy aquí? ¿Por qué no dice: ¡gracias a Dios que estás aquí!?

Pero es muy posible que, cuando se es una pobre muchacha, no se diga a un pobre hombre: ¡gracias a Dios que estás aquí! Puede que se haya pasado ya el tiempo de amar a un pobre Gabriel Dan, que no tiene ni siquiera una maleta y mucho menos un hogar. Quizá sea ésta la época en que las muchachas amen a Alexander Böhlaug.

Hoy sé que la compañía del oficial de policía fue una casualidad y que la pregunta de Stasia era una confesión. Pero entonces estaba solo y amargado y me comportaba como si yo fuera la muchacha y Stasia el hombre.

Ella se vuelve aún más orgullosa y fría, y yo siento que la distancia entre nosotros es cada vez mayor; me doy cuenta de que cada vez nos sentimos más extraños el uno al otro.

—Seguro que me voy dentro de diez días —digo.
—Si va usted a París, mándeme una postal.
—Con mucho gusto.

Stasia hubiera podido decir: ¡quiero ir contigo a París!

En lugar de ello me pide una postal.

—Le enviaré la Torre Eiffel.
—Haga lo que quiera —dice Stasia.

Y al decir esto no se refiere a la postal, sino a nosotros dos.

Es nuestra última conversación. Sé que es nuestra última conversación. Gabriel Dan, no puedes esperar nada de las muchachas. ¡Pobre Gabriel Dan!

A la mañana siguiente veo que Stasia baja de la escalera del brazo de Alexander. Ambos me sonríen…, yo estoy desayunando en la planta baja. Sé que Stasia acaba de cometer una enorme tontería.

La comprendo.

Las mujeres no comenten las tonterías como nosotros, por ligereza y por desidia, sino cuando son muy desgraciadas.»

Joseph Roth
Hotel Savoy

9 de diciembre de 2018

El hotel de los horrores


 «El día de la boda, Agnes Lockwood se sentó sola, en la salita de su casa de Londres, para quemar las cartas que Montbarry le escribió tiempo atrás.

En la descripción que la condesa había hecho de ella al doctor, ni siquiera había aludido al atractivo que más distinguía a Agnes: la inocente expresión de bondad y pureza que atraía desde luego a los que se acercaban a ella. De piel blanca y ademanes tímidos, parecía natural hablar de ella como de “una niña”, si bien ya se aproximaba a los treinta años de edad. Vivía sola, con una antigua niñera que la quería profundamente, de una modesta renta, suficiente para mantenerse las dos. En su cara no se notaba la menor señal de disgusto mientras rompía lentamente las cartas de su falso enamorado y tiraba los trozos al fuego que se había encendido para consumirlos. Por desgracia para ella, era una de esas mujeres que sienten demasiado profundamente para encontrar consuelo en las lágrimas.»

Wilkie Collins
El hotel de los horrores

4 de diciembre de 2018

Doña Perfecta


«Pepe Rey no gustaba de entablar vanas disputas, ni era pedante, ni alardeaba de erudito, mucho menos ante mujeres y en reuniones de confianza; pero la importuna verbosidad agresiva del Canónigo necesitaba, según él, un correctivo. Para dárselo le pareció mal sistema exponer ideas que, concordando con las del Canónigo, halagasen a éste, y decidió manifestar las opiniones que más contrariaran y más acerbamente mortificasen al mordaz penitenciario. “Quieres divertirte conmigo —dijo para sí—. Verás qué mal rato te voy a dar.

Y luego añadió en voz alta:

—Cierto es todo lo que el señor penitenciario ha dicho en tono de broma. Pero no es culpa nuestra que la Ciencia esté derribando a martillazos un día y otro, tanto ídolo vano, la superstición, el sofisma, las mil mentiras de lo pasado, bellas las unas, ridículas las otras pues de todo hay en la viña del Señor. El mundo de las ilusiones, que es, como si dijéramos, un segundo mundo, se viene abajo con estrépito. El misticismo en Religión, la rutina en la Ciencia, el amaneramiento en las artes, caen como cayeron los dioses paganos: entre burlas. Adiós sueños torpes; el género humano despierta, y sus ojos ven la claridad. El sentimentalismo vano, el misticismo, la fiebre, el delirio, desaparecen, y el que antes era enfermo hoy está sano, y se goza con placer indecible en la justa apreciación de las cosas. La fantasía, la terrible loca, que era el ama de la casa, pasa a ser criada… Dirija usted la vista a todos lados, señor penitenciario, y verá el admirable conjunto de realidad que ha sustituido a la fábula. El cielo no es una bóveda, las estrellas no son farolillos, la Luna no es una cazadora traviesa, sino un pedrusco opaco; el Sol no es un cochero emperejilado y vagabundo, sino un incendio fijo. Las sirtes no son ninfas, sino dos escollos; las sirenas son focas; y en el orden de las personas, Mercurio es Manzanedo; Marte es un viejo barbilampiño, el conde de Moltke; Néstor puede ser un señor de gabán que se llama monsieur Thiers; Orfeo es Verdi; Vulcano es Krupp; Apolo es cualquier poeta. ¿Quiere usted más? Pues Júpiter, un dios digno de ir a presidio si viviera aún, no descarga el rayo, sino que el rayo cae cuando a la electricidad le da la gana. No hay Parnaso, no hay Olimpo, no hay laguna Estigia, ni otros Campos Elíseos que los de París. No hay ya más bajada al Infierno que las de la Geología, y este viajero, siempre que vuelve, dice que no hay condenados en el centro de la Tierra. No hay más subidas al cielo que las de la Astronomía, y ésta, a su regreso, asegura no haber visto los seis o siete pisos de que hablan Dante y los místicos y soñadores de la Edad Media. No encuentra sino astros y distancias, líneas, enormidades de espacio, y nada más. Ya no hay falsos cómputos de la edad del mundo, porque la Paleontología y la Prehistoria han contado los dientes de esta calavera en que vivimos y averiguado su verdadera edad. La fábula, llámese paganismo o idealismo cristiano, ya no existe, y la imaginación está de cuerpo presente. Todos los milagros posibles se reducen a los que yo hago en mi gabinete, cuando se me antoja, con una pila de Bunsen, un hilo inductor y una aguja imantada. Ya no hay más multiplicaciones de panes y peces que las que hace la industria con sus moldes y máquinas, y las de la Imprenta, que imita a la Naturaleza sacando de un solo tipo millones de ejemplares. En suma, señor Canónigo del alma, se han corrido las órdenes para dejar cesantes a todos los absurdos, falsedades, ilusiones, ensueños, sensiblerías y preocupaciones que ofuscan el entendimiento del hombre. Celebremos el suceso.»

Benito Pérez Galdós
Doña Perfecta

19 de noviembre de 2018

Abril quebrado



«—¿Te fijaste en la palidez de ese montañés que ha matado hace pocos días? —dijo Besian mirando con fijeza, quién sabe por qué, el anillo en la mano de su mujer—. Ése que acabamos de ver.
—Es verdad, estaba terriblemente pálido —dijo Diana.
—Quién sabe las dudas y vacilaciones que ha experimentado antes de partir para cometer el homicidio. ¿Qué son las zozobras que describe Shakespeare frente al de este Hamlet de nuestras montañas?

Los ojos de ella lo contemplaron con agradecimiento.

—¿Te parece excesivo que cite al príncipe danés para referirme a un montañés del Rrafsh?
—En absoluto —dijo Diana—. Expresas las cosas con tanta precisión, y ya sabes cuánto aprecio en ti esa cualidad.

Por su cerebro pasó furtivamente la idea de que había sido precisamente ese don de la palabra lo que le había ayudado a conquistar a Diana.

—A Hamlet se le apareció el espectro de su padre para empujarlo a la venganza —prosiguió Besian excitado—, pero ¿te imaginas qué pavorosos espectros asaltan al montañés para inducirlo a la venganza de sangre?

Los ojos de Diana, abiertos de par en par, lo miraban de soslayo.

Él le habló de la camisa ensangrentada de la víctima, que no se retiraba de la habitación de los hombres hasta que no quedaba lavada con otra sangre.

—¿Imaginas el terrible tormento que eso supone? A Hamlet se le apareció dos o tres veces el espectro de su padre a medianoche, y sólo durante unos instantes, pero la camisa que reclama venganza permanece en nuestras kulla noche y día durante meses y estaciones enteras, y cuando la sangre cambia de color, las gentes dicen: ahí está, el muerto se está impacientando por no ser vengado.
—Quizá por eso estaba tan pálido.
—¿Quién?
—Aquél, el montañés.
—Ah, sí, desde luego.

Besian tuvo la fugaz impresión de que Diana pronunciaba la palabra “pálido” de un modo que parecía estar diciendo “hermoso”, pero desechó al instante la idea.

—¿Y qué es lo que hará ahora? —preguntó Diana.
—¿Quién?
—Ése…, el montañés.
—Ah, ¿qué es lo que va a hacer? —Besian se alzó de hombros—. Si, como dijo el posadero, hace cuatro o cinco días que ejecutó el homicidio y, suponiendo que se haya acogido a la besa grande, es decir, la besa de un mes, en ese caso le quedan veinticinco días de vida normal.

Sonrió con amargura, mas el rostro de ella no se alteró.

—Se trata de una especie de último permiso en este mundo —prosiguió él—. La famosa expresión de que los vivos no son sino muertos venido de vacaciones a esta vida adquiere en nuestras cumbres su sentido más exacto.

—Eso es lo que parecía, como si hubiera venido transitoriamente desde el más allá —intervino ella—. Y con esa señal procedente de allí en la manga —Diana suspiró—. Es como tú decías —continuó—, lo mismo que un Hamlet.

Besian miraba al exterior con la sonrisa congelada en la parte superior del rostro.

—Y piensa que Hamlet es empujado a cometer el homicidio por una causa tangible. Mientras que en el caso de éste —Besian señaló con la mano el camino, en dirección contraria a la que avanzaban—, el mecanismo que le ha puesto en movimiento es ajeno a su protagonista, en ocasiones se encuentra incluso lejos de su tiempo.

Diana escuchaba con atención, aunque algo se le escapaba del sentido de aquellas palabras.

—Se precisa de una voluntad de titán para partir hacia la muerte en cumplimiento de una orden recibida desde tan enorme distancia —prosiguió Besian—. Pues ese mandato procede de muy lejos, en ocasiones de generaciones humanas ya desaparecidas.

Diana volvió a lanzar un profundo suspiro.

—Gjorg —dijo en voz baja—. Así se llamaba, ¿no?
—¿Quién?
—Quién va a ser, el montañés…, el de la posada.
—Ah, sí, Gjorg. Justo así. Te ha impresionado, ¿eh?

Ella asintió con un movimiento de cabeza.»

Ismaíl Kadaré
Abril quebrado

Desgracia

«Nunca ha sido ni se ha sentido muy profesor; en esta institución del saber tan cambiada y, a su juicio, emasculada, está más fuera de l...