15 de agosto de 2019

El doctor Zhivago



«Es decir, con otras palabras, ¿qué será de su conciencia? Pero ¿qué es la conciencia? Veamos. Desear conscientemente dormir es verdadero insomnio, intentar conscientemente advertir el trabajo de la propia digestión es ir en busca de un trastorno de tipo nervioso. La conciencia es un veneno, un instrumento de autointoxicación para el individuo que la aplica a sí mismo. La conciencia es luz dirigida hacia fuera y que ilumina el resto del camino ante nosotros para evitar que tropecemos. La conciencia es el faro encendido en la parte delantera de la locomotora en marcha. Dirige la luz hacia el interior y se producirá la catástrofe.

Por lo tanto, ¿qué será de su conciencia? Digo bien, suya. Suya. Pero, ante todo, ¿qué es usted? Ésta es la cuestión. Tratemos de orientarnos. ¿De qué modo tiene memoria de sí misma, de qué parte de su organismo es consciente? ¿De sus riñones, del hígado, de los vasos sanguíneos? No, recuerde y verá que siempre estuvo expresada hacia fuera en un acto, en la obra de sus manos, en su familia, en los demás. Y escúcheme ahora con atención. El alma del hombre es justamente el hombre presente en los otros hombres. Esto es lo que es, esto es lo que ha respirado, de lo que se ha alimentado y embriagado durante toda la vida su conciencia. De su alma, de su inmortalidad, de su vida en los demás. ¿Y qué? Ha vivido en los otros y en los otros se quedará. ¿Qué diferencia implica para usted que luego se llama recuerdo? Habrá entrado en la composición del futuro.

Una última cosa. No hay de qué preocuparse. La muerte no existe. La muerte no está en nosotros. He hablado de inteligencia, y esto es otra cosa, una cosa nuestra, accesible para nosotros. La inteligencia, el talento, en el sentido más amplio, es el don de la vida.

No habrá muerte, dice san Juan Evangelista, y verá qué siempre es su argumentación. No habrá muerte porque aquello que fue antes ya ha pasado. Poco más o menos es esto: no habrá muerte porque esto ya fue, es viejo y se aburre, y ahora es necesario algo nuevo y lo nuevo es la vida eterna.»

Borís Pasternak
El doctor Zhivago

3 de agosto de 2019

La Regenta


«Vetusta era su pasión y su presa. Mientras los demás le tenían por sabio teólogo, filósofo y jurisconsulto, él estimaba sobre todas su ciencia de Vetusta. La conocía palmo a palmo, por dentro y por fuera, por el alma y por el cuerpo, había escudriñado los rincones de las conciencias y los rincones de las casas. Lo que sentía en presencia de la heroica ciudad era gula; hacía su anatomía, no como el fisiólogo que sólo quiere estudiar, sino como el gastrónomo que busca los bocados apetitosos; no aplicaba el escalpelo sino el trinchante.

Y bastante resignación era contentarse, por ahora, con Vetusta. De Pas había soñado con más altos destinos, y aún no renunciaba a ellos. Como recuerdos de un poema heroico leído en la juventud con entusiasmo, guardaba en la memoria brillantes cuadros que la ambición había pintado en su fantasía; en ellos se contemplaba oficiando de pontifical en Toledo y asistiendo en Roma a un cónclave de cardenales. Ni la tiara le pareciera demasiado ancha; todo estaba en el camino; lo importante era seguir andando. Pero estos sueños según pasaba el tiempo se iban haciendo más y más vaporosos, como si se alejaran. Así son las perspectivas de la esperanza, pensaba el Magistral; cuanto más nos acercamos al término de nuestra ambición, más distante parece el objeto deseado, porque no está en lo porvenir, sino en lo pasado; lo que vemos delante es un espejo que refleja el cuadro soñador que se queda atrás, en el lejano día del sueño… No renunciaba a subir, a llegar cuanto más arriba pudiese, pero cada día pensaba menos en estas vaguedades de la ambición a largo plazo, propias de la juventud. Había llegado a los treinta y cinco años y la codicia del poder era más fuerte y menos idealista; se contentaba con menos pero lo quería con más fuerza, lo necesitaba más cerca; era el hambre que no espera, la sed en el desierto que abrasa y se satisface en el charco impuro sin aguardar a descubrir la fuente que está lejos en lugar desconocido.»

Leopoldo Alas, “Clarín”
La Regenta

Fotografía: contemplando la catedral de Oviedo. 

28 de julio de 2019

Modos de ver


«La publicidad nunca es el elogio de un placer en sí mismo. La publicidad se centra siempre en el futuro comprador. Le ofrece una imagen de sí mismo que resulta fascinante gracias al producto o a la oportunidad que se está intentando vender. Y entonces, esta imagen hace que él envidie lo que podría llegar a ser. Sin embargo, ¿qué hace envidiable este lo-que-yo-podría-ser? La envidia de los demás. La publicidad se centra en las relaciones sociales, no en los objetos. No promete el placer, sino la felicidad: la felicidad juzgada tal por otros, desde fuera. La felicidad de que le envidien a uno es fascinante.

Ser envidiado es una forma solitaria de reafirmación, que depende precisamente de que no compartes tu experiencia con los que te envidian.»

John Berger
Modos de ver

18 de julio de 2019

El árbol de la ciencia


«El que no tiene dinero paga su libertad con su cuerpo; es una onza de carne que hay que dar, que lo mismo le pueden sacar a uno del brazo que del corazón. El hombre de verdad busca antes que nada su independencia. Se necesita ser un pobre diablo o tener alma de perro para encontrar mala la libertad. ¿Que no es posible? ¿Que el hombre no puede ser independiente como una estrella de otra? A esto no se puede decir sino que es verdad, desgraciadamente.»

Pío Baroja
El árbol de la ciencia

25 de junio de 2019

A Feast For Crows


«He was surprised at how low the candle had burned. Had the bean-and-bacon soup been today or yesterday? Yesterday. It must have been yesterday. The realization made him yawn. Jon would be wondering what had become of him, though Maester Aemon would no doubt understand. Before he had lost his sight, the master had loved books as much as Samwell Tarly did. He understood the way that you could sometimes fall right into them, as if each page was a hole into another world.»

George R. R. Martin
A Feast For Crows

24 de junio de 2019

El hombre en busca de sentido


«Durante kilómetros caminábamos a trompicones, resbalando en el hielo y sosteniéndonos continuamente el uno al otro, sin decir palabra alguna, pero mi compañero y yo sabíamos que ambos pensábamos en nuestras mujeres. De vez en cuando levantaba la vista al cielo y contemplaba el diluirse de las estrellas al tiempo que el primer albor rosáceo de la mañana se dejaba ver tras una oscura franja de nubes. Pero mi mente se aferraba a la imagen de mi esposa, imaginándola con una asombrosa precisión. Me respondía, me sonreía y me miraba con su mirada cálida y franca. Real o irreal, su mirada lucía más que el sol del amanecer. En ese estado de embriaguez nostálgica se cruzó por mi mente un pensamiento que me petrificó, pues por primera vez comprendí la sólida verdad dispersa en las canciones de tantos poetas o proclamaba en la brillante sabiduría de los pensadores y de los filósofos: el amor es la meta última y más alta a la que puede aspirar el hombre. Entonces percibí en toda su hondura el significado del mayor secreto que la poesía, el pensamiento y las creencias humanas intentan comunicarnos: la salvación del hombre sólo es posible en el amor y a través del amor. Intuí como un hombre, despojado de todo, puede saborear la felicidad —aunque sólo sea un suspiro de felicidad— si contempla el rostro de su ser querido. Aun cuando el hombre se encuentre en una situación de desolación absoluta, sin la posibilidad de expresarse por medio de una acción positiva, con el único horizonte vital de soportar correctamente —con dignidad— el sufrimiento omnipresente, aun en esa situación ese hombre puede realizar en la amorosa contemplación de la imagen de su persona amada.»

Viktor Frankl
El hombre en busca de sentido

16 de junio de 2019

Como gustéis



«CELIA
¡Señor, señor! Aunque los amigos puedan separarse, los terremotos mueven las montañas y las juntan.

ROSALINA
Pero, ¿quién es?

CELIA
¿Será posible?

ROSALINA
Te lo ruego, suplico e imploro: dime quién es.

CELIA
¡Oh, maravilla y maravilla de las maravillas! ¡Maravilla más maravillosa que el colmo de las maravillas!

ROSALINA
¡Por mi condición! ¿Crees que porque vaya vestida de hombre llevo calzas y jubón en el carácter? Una pizca más de dilación será un Mar del Sur por descubrir. Te lo ruego, dime quién es y dilo ya. Ojalá fueras tartamuda; el nombre que me ocultas saldría como el vino cuando la botella es de boca estrecha: o mucho de golpe o nada. Te lo ruego, descórchate la boca, que beba tu secreto.

CELIA
Acabarás con un hombre dentro.

ROSALINA
¿Es criatura de Dios? ¿Qué clase de hombre? Su cabeza, ¿es digna de un sombrero y su cara de una barba?

CELIA
Apenas tiene barba.

ROSALINA
Si lo merece, Dios le dará más. Esperaré a que le crezca la barba si dejas de guardarte el nombre de su cara.

CELIA
Es el joven Orlando, el que de un golpe tumbó al luchador y a ti el corazón.

ROSALINA
Al diablo con tus brumas. Habla en serio y con lealtad.

CELIA
De veras que es él.

ROSALINA
¿Orlando?

CELIA
Orlando.

ROSALINA
¡Válgame! ¿Qué hago yo ahora con el jubón y las calzas? ¿Qué hizo cuando le viste? ¿Qué dijo? ¿Qué aire tenía? ¿Qué ropa llevaba? ¿Y qué hace él aquí? ¿Preguntó por mí? ¿Dónde vive? ¿Cómo se alejó? ¿Cuándo le verás? Respóndeme con una palabra.

CELIA
Necesitaría la boca de Gargantúa. Sería una palabra muy grande para cualquier boca de las de hoy en día. Decir sí o no a esas preguntas es más que responder al catecismo.»

William Shakespeare
Como gustéis

15 de junio de 2019

El juego de Ender


«—Eres justo lo que el mundo necesita. Un muchacho de doce años que solucione todos nuestros problemas.
—No es culpa mía que sólo tenga doce años precisamente ahora. Y no es culpa mía que precisamente ahora se presente la oportunidad. Precisamente ahora es el momento en que puedo dar forma a los acontecimientos. En tiempos de inestabilidad, el mundo es siempre una democracia, y el hombre que tenga la mejor voz ganará. Todo el mundo piensa que Hitler llegó al poder gracias a sus ejércitos, porque estaban dispuestos a matar, y eso en parte es verdad, porque en el mundo real el poder siempre se erige sobre la amenaza de muerte y de deshonra. Pero, sobre todo, llegó al poder por las palabras, por las palabras precisas en el momento preciso.»

Orson Scott Card
El juego de Ender

12 de mayo de 2019

Patria



«El Txato, de centinela, qué paciencia me tiene que dar Dios, vigilaba la calle poco transitada por ser domingo. Y a la hora acordada, puntuales, cogidos de la mano, los vio aparecer en su campo visual, ella con un ramo de flores. Qué alta, qué guapa, qué elegante. Impresionado, se deleitó unos segundos en la contemplación de la imagen antes de dar aviso a Bittori, que vino con pasos nerviosos de la cocina, soltándose a toda prisa el delantal.

—Los zapatos no pegan con la ropa.
—A mí me parece un monumento de mujer.
—No toques la cortina, haz el favor.
—¡Menuda planta tiene! Es casi tan alta como el hijo.
—El negro del pelo no es natural. Y el broche de la solapa, desde aquí, parece un lamparón. Yo diría que esta señora no tiene mucho gusto.

Tras la despedida de la ya formal, reconocida pareja, el Txato, que había comido y bebido por tres, ¿durmió su siesta? Lo intentó. Bittori, atareada en la cocina, no lograba serenarse. Se franqueaba, madre monologante, madre dolorida, con la espuma del fregadero. Su hijo con aquella mujer, una simple auxiliar de enfermería. Manifestó opiniones adversas hacia el auditorio formado por cacharros sucios. Al estropajo le dijo esto; al grifo le dijo lo otro. No recibía respuestas, no hallaba la deseada comprensión. Necesitaba a toda costa la cercanía de oídos humanos. En casa, en aquellos momentos, no había otros que los del Txato. Conque, sintiéndolo por su digestión y su reposo, entró, ¿eso es entrar?, bueno, irrumpió en la habitación. Venía hablando sola desde la cocina, secándose las manos en el delantal. Sin parar de hablar se sentó en el borde la cama. Le arreó una sacudida a su marido.

—¿Cómo puedes dormir tan pancho?

Adiós, siesta. Con lengua amodorrada, farfulló: qué tienes, qué pasa. Bittori no respondió. Ni siquiera parecía interesada en conversar. No buscaba interlocutor, tan sólo oídos.

—No veo que Xabier pueda ser feliz con esa señora. Ella tendrá las virtudes que tú quieras. Yo, la verdad, no se las veo por ninguna parte. Me ha parecido una maniática de arriba abajo. El marisco no lo ha probado. El jamón, tampoco. Me he pasado la santa mañana asando un gorrín, fui a Pamplona a comprarlo y al final resulta que es vegetariana. Pues ya me dirás.»

Fernando Aramburu
Patria

17 de marzo de 2019

Dientes, pólvora, febrero



«La loba fue depositada junto al chozo y salieron a verla las mujeres, pero ellas no reían ni gozaban y sólo se detenían a mirarla un momento, así de medio lado, en el gesto de volverse a marchar en seguida, como quien mira una cosa deleznable, sin otra curiosidad ni otro interés que el de tener la certeza de que había sido aniquilada, y únicamente se encendía en el brillo de sus ojos la torva complacencia de quien tiene delante a la víctima de una venganza satisfecha; en tanto que los niños se agachaban sobre ella y le pasaban la mano por el pelo y le cogían las patas, doblándole y desdoblándoles los juegos inertes de las articulaciones y le tocaban los ojos y le levantaban con un palitroque el belfo ensangrentado, para verle los grandes colmillos que tenía; y finalmente los hombres la contemplaban sin agacharse hacia ella ni aproximarse demasiado, sonriendo, como quien mira una cosa ganada, la prueba y el signo de alguna proeza, un atributo de dominio, o, en una palabra: un trofeo.»

Rafael Sánchez Ferlosio
Dientes, pólvora, febrero

La loba, Jackson Pollock