16 de abril de 2013

El árbol de la ciencia

«-¿Hay que indignarse porque una araña mate a una mosca? –siguió diciendo Iturrioz-. Bueno. Indignémonos. ¿Qué vamos a hacer? ¿Matarla? Matémosla. Eso no impedirá que sigan las arañas comiéndose a las moscas. ¿Vamos a quitarle al hombre esos instintos fieros que te repugnan? ¿Vamos a borrar esa sentencia del poeta latino: “Homo, homini lupus”, el hombre es un lobo para el hombre? Está bien. En cuatro o cinco mil años lo podremos conseguir. El hombre ha hecho de un carnívoro como el chacal, un omnívoro como el perro; pero se necesitan muchos siglos para eso. No sé si habrás leído que Spallanzani había acostumbrado a una paloma a comer carne, y a un águila a comer y digerir pan. Ahí tienes el caso de esos grandes apóstoles religiosos y laicos; son águilas que se alimentan de pan en vez de alimentarse de carnes palpitantes; son lobos vegetarianos. Ahí tienes el caso del hermano Juan…
-Ése no creo que sea un águila, ni un lobo.
-Será un mochuelo o una garduña; pero de instintos perturbados.
-Sí, es muy posible –repuso Andrés-; pero creo que nos hemos desviado de la cuestión; no veo la consecuencia.
-La consecuencia a la que yo iba era ésta: que ante la vida no hay más que dos soluciones prácticas para el hombre sereno: o la abstención y la contemplación indiferente de todo, o la acción limitándose a un círculo pequeño. Es decir, que se puede tener el quijotismo contra una anomalía; pero tenerlo contra una regla general es absurdo.
-De manera que, según usted, el que quiera hacer algo tiene que restringir su acción justiciera a un medio pequeño.
-Claro, a un medio pequeño; tú puedes abarcar en tu contemplación la casa, el pueblo, el país, la sociedad, el mundo, todo lo vivo y todo lo muerto; pero si intentas realizar una acción, y una acción justiciera, tendrás que restringirte hasta el punto de que todo te vendrá ancho, quizá hasta la misma conciencia.
-Es lo que tiene de bueno la filosofía –dijo Andrés con amargura-; le convence a uno de que lo mejor es no hacer nada.»

Pío Baroja
El árbol de la ciencia

10 de abril de 2013

Diario íntimo



 «A mitad de una colina, al sol, Ott se paró, se apoyó sobre la sombrilla, miró vagamente el paisaje, y comenzó un discurso sobre el amor. “¿No es triste que nadie se enamore de verdad en nuestros días? Es excepcional… Quiero decir que nadie idealiza a nadie. Nadie siente que cada palabra es maravillosa sólo porque la ha producido el otro.” En este punto, sobre todo para que volviéramos a casa, dije que el amor puede ser muchas cosas diferentes; y que era absurdo reducirlo al amor romántico. También sostuve que se podía amar a grupos de personas, y a países. Lamentablemente, esta observación hizo que Ottoline se apoyara de nuevo en su parasol para mirar con veneración un trigal. “Sí, amo este paisaje”, dijo para sí; “la curva de ese trigal me parece tan divina como un ser humano. También amo la literatura.” “Pues yo amo cosas bastantes absurdas: el Partido Laborista Independiente, por ejemplo”, dijo la señora Hamilton. Por fin nos pusimos otra vez en camino, y le preguntamos a la pobre boba cómo, con tanta pasión por la literatura, no escribía. “Ah, es que no tengo tiempo, nunca tengo tiempo. Además, tengo tan mala salud… Pero el placer de la creación, Virginia, debe de superar a todos.” Le dije que así era.»



Virginia Woolf
Diario íntimo

Ilustración de Elizabeth Shippen Green

9 de abril de 2013

Siddhartha

«Deseaba ardientemente no saber ya nada más sobre sí mismo, quedarse en paz, estar muerto. ¡Cómo le fulminaba un rayo o lo devoraba algún tigre! ¡Si al menos hubiera un vino, algún veneno que lo aletargara, sumiéndolo en el olvido y en un sueño sin despertar! Pues ¿existía acaso una inmundicia con la que no se hubiera mancillado, algún pecado o locura que no hubiera cometido, algún vacío espiritual que no hubiera cargado a cuestas? ¿Era posible continuar viviendo? ¿Era posible seguir aspirando y espirando aire en forma ininterrumpida, volver a sentir hambre, comer y dormir nuevamente, acostarse con mujeres? Aquel ciclo vital ¿no se había cerrado para él definitivamente?

Llegó Siddhartha al gran río del bosque, al mismo río que un barquero le hiciera cruzar años atrás, cuando él, joven aún, vino de la ciudad de Gotama. A orillas de ese río se detuvo, vacilante. La fatiga y el hambre lo habían debilitado. ¿Para qué seguir andando? ¿Adónde, en pos de qué meta? No, ya no había otras metas; ya sólo le quedaba el deseo profundo y doloroso de sacudirse aquel árido sueño de encima, de escupir ese insípido vino y poner fin a aquellas vida ignominiosa y miserable.

Un árbol se inclina sobre la orilla del río, un cocotero. En su tronco apoyó Siddhartha el hombro, y rodeándolo con uno de sus brazos, se puso a contemplar el agua verde que fluía sin cesar a sus pies. Y al mirarla pasar ahí abajo se sintió totalmente invadido por el deseo de dejarse caer y sumergirse en la corriente. La superficie del agua reflejaba un horrible vacío, que correspondía al vacío aterrador de su alma. Sí, era un hombre acabado. No le quedaba otra solución que apagarse, que hacer trizas la maltrecha imagen de su vida y arrojarla a los pies de alguna divinidad sarcástica. Aquélla era la gran liberación que anhelaba: la muerte, el aniquilamiento de una forma para él aborrecible. ¡Que los peces lo devoraran, que destruyeran a ese perro de Siddhartha, a ese loco, aquel cuerpo deteriorado y putrefacto, esa alma aletargada y pervertida! ¡Que los peces y los cocodrilos lo devoraran; y que los demonios lo despedazaran!

Mientras miraba fijamente el agua, vio el reflejo de su rostro demudado, y le escupió. Preso de un cansancio enorme, separó el brazo del tronco y se volvió un poco para dejarse caer verticalmente, para sumergirse de una vez por todas. Y, con los ojos cerrados, se fue hundiendo, hundiendo cada vez más en dirección a la muerte.

De las regiones más recónditas de su alma, desde lejanos parajes de su fatigada vida le llegó de pronto un sonido. Era una palabra, una sílaba que él mismo, sin pensarlo, había pronunciado con voz balbuceante: la antigua palabra con la que comienzan y terminan todas las plegarias brahmánicas, el sagrado Om, que significa “lo Perfecto” o “la Realización”. Y en el preciso instante en que la sílaba Om rozó el oído de Siddhartha, su espíritu adormecido despertó y reconoció la locura que estaba a punto de cometer.

Un miedo profundo apoderóse de Siddhartha. ¡Tal era su grado de extravío, se hallaba tan perdido y desprovisto de toda sabiduría que llegó incluso a buscar la muerte, que el deseo infantil de hallar la paz en la aniquilación del propio cuerpo pudo echar raíces y medrar en su alma!

Lo que todas las torturas, desengaños y desesperaciones de esos últimos tiempos no habían logrado provocar cristalizó en el momento mismo en que el Om penetró en su conciencia: se reconoció a sí mismo en medio de su error y su miseria.»

Hermann Hesse
Siddhartha

8 de abril de 2013

Al otro lado del espejo


Lucía sobre el sol el mar
brillando con gran esplendor
y haciendo cuanto podía
por pulir y abrillantar las olas...
Cosa extraña desde luego,
porque medianoche era.
 

Brillaba la luna mohína
porque pensaba que el sol
no debía estar allí
por haber acabado el día...
“¡Qué falta de cortesía
venir a fastidiar la fiesta!”
 

El mar estaba mojado,
y seca seca la arena,
ni una nube se veía,
porque ni una nube había.
Ni pájaros sobrevolaban
porque volando pájaros no había.

 
La Morsa y el Carpintero
de la mano paseaban
llorando hasta lo indecible
al ver tan gran cantidad de arena.
“¡Qué formidable!”, dijeron
si la limpiaran al menos.

 
Siete criadas con escobas
medio año tardarían.
“¿Supones –dijo la Morsa-,
que la limpiarían?”
“Lo dudo” –dijo el Carpintero
y una lágrima de sus ojos le caía.

 
“¡Venid, Ostras amigas, al paseo!”
-la Morsa les suplicaba.
“A un paseo y a charlas
por esta salobre playa.
Pero sólo a cuatro llevaremos
porque más manos nos faltan.”

 
La Ostra más vieja miraba
sin decir una palabra;
no tardó en guiñar un ojo
y mover su cabeza pesada...
dando a entender que no quería
seguir estando en su casa.

 
Mas cuatro jovencitas deseosas
de jarama luego a correr echaron:
el vestido nuevecito, lavada la cara
y muy limpios los zapatos:
¡qué raro!, porque todo el mundo sabe
que, sin pies, las otras no usan zapatos.

 
Otras cuatro las siguieron,
y luego otras cuatro más;
y en tropel luego acudieron
más otras y muchas más...
brincando entre olas de espuma
y deseando a la playa llegar.

 
La Morsa y el Carpintero
como una legua anduvieron;
tumbados en una roca
desde donde estaban vieron
cómo las Ostras pequeñas
de pie y en fila esperaban.

 
“Ya es hora –dijo la Morsa-
de hablar de muchas cosas:
de zapatos, barcos y lacre,
de repollos y de reyes,
de por qué está hirviendo el mar
y por qué no pueden los cerdos volar.”

 
“Un momentito –gritaron las Ostras,
antes de empezar a hablar-:
porque algunas estamos asfixiadas
y las gordas mucho más!”
“No hay prisa” –el Carpintero dijo.
Le dieron las gracias por su amabilidad.

 
“Un poco de pan –dijo la Morsa-,
es lo que necesitamos más:
pimienta con vinagre
buenos son al paladar.
Y si dispuestas estáis, a comer,
Ostras amigas, a empezar.”

 
“¡Pero a nosotras no!” –las Ostras gritaron
empezando a azulear-.
“Tras de tanta cortesía,
muy grande maldad sería.”
“¡Deliciosa noche!” –la Morsa
dijo-, no tiene igual.”

 
“¡Qué amables sois por venir!
¡Y qué exquisitas estáis!”
Sólo dijo el Carpintero:
“Dame otro trozo de pan,
y no te hagas la sorda...
¡que dos veces lo he dicho ya!”

 
“¡Qué pena –dijo la Morsa-,
hacerles tal jugarreta
tras traerlas hasta aquí
y haberlas hecho correr!”
Sólo el Carpintero dijo:
“¡Cuánta manteca!, ¿por qué?”

 
“¡Qué pena! –dijo la Morsa-,
lo siento de corazón.”
Y entre lágrimas y llantos
las más gorda se buscó,
mientras con un pañolito
las lágrimas se secó.

 
“¡Ostras –dijo el Carpintero-,
qué buen paseo habéis dado!
¿Volvemos ahora trotando?”
Pero respuesta no ha encontrado,
cosa lo más natural,
pues todas se han devorado.


Lewis Carroll
Al otro lado del espejo

4 de abril de 2013

Pippi Calzaslargas

«—¡Se ha escapado un tigre!

En efecto, fuera de la jaula estaba el animal de rayas amarillas, preparado para saltar. El público echó a correr en todas direcciones. Todo el mundo huyó, excepto una niña que estaba en un rincón, muy cerca del tigre.

—¡Estate quieta! —le gritaba la gente, creyendo que el tigre no le haría nada si ella no se movía.
—¿Qué podemos hacer? —exclamaban algunos, retorciéndose las manos.
—¡Llamamos a la policía! —sugirió una voz.
—¡No, a los bomberos! —dijo otro.
—¡Llamad a Pippi Calzaslargas! —exclamó Pippi.»

Astrid Lindgren
Pippi Calzaslargas

3 de abril de 2013

Cineterapia




«Shirley MacLaine interpreta a otra madre egoísta e insaciable, de las que nunca están contentas. Se case su hija con quien se case, se vista como se vista y tenga lo hijos que tenga. Aurora Greenway, una peonia sureña marchita, están tan exageradamente apegada a la hija a la que continuamente critica, que ésta, Emma (Debra Winger), debe recurrir a una muerte prematura sólo para quitarse a su madre de encima.

Y, claro, entonces la madre lo lamenta. Oh, sí, entonces recuerda todas esas pequeñas cosas que Emma hacía por ella y que ella no apreciaba ni reconocía. Y el inútil del marido también se traga su buena dosis de arrepentimiento. ¡El sueño de toda hija y esposa mártir!»


Nancy Peske, Beverly West
Cineterapia

2 de abril de 2013

Los hermosos años del castigo




«Estudiaba francés, alemán y cultura general. No estudiaba en absoluto. De la literatura francesa sólo recuerdo a Baudelaire. Cada mañana me levantaba a las cinco para ir a pasear, subía muy alto y, al otro lado, veía un espejo de agua abajo en el fondo. Era el lago Constanza. Miraba el horizonte y el lago; aún no sabía que también en ese lago habría un colegio para mí. Comía una manzana y caminaba. Buscaba la soledad y tal vez el absoluto. Pero envidiaba al mundo.

Sucedió un día durante la comida. Estábamos todas sentadas. Llegó una muchacha, una nueva. Tenía quince años, los cabellos rígidos como cuchillas, brillantes, los ojos graves y fijos, sombreados. La nariz aguileña, los dientes, cuando reía, y reía poco, eran puntiagudos. Una hermosa frente alta donde podían tocarse los pensamientos, donde generaciones pasadas le habían transmitido talento, inteligencia, fascinación. No hablaba con nadie. La apariencia era la de un ídolo, despreciativa. Tal vez por eso deseé conquistarla. No tenía humildad. También parecía disgustada. Lo primero que pensé: Ha llegado más lejos que yo.»

Fleur Jaeggy
Los hermosos años del castigo

Vistas de página en total

Con la tecnología de Blogger.
emerge © , All Rights Reserved. BLOG DESIGN BY Sadaf F K.