22 de diciembre de 2013

El lector




«Fue entonces cuando empecé a traicionarla.

No es que fuera por ahí contando sus secretos o poniéndola en evidencia. No revelé nada que hubiera que mantener oculto. Al contrario: mantuve oculto lo que debería haber revelado. Me negué a admitir su existencia. Sé que negar a alguien es un tipo más bien inofensivo de traición. Desde fuera no se aprecia si uno está negando a alguien o simplemente pretende ser discreto o considerado o sólo intenta evitar situaciones delicadas o molestas. Pero el que niega a otro sabe muy bien lo que hace. Y negar una relación es una manera de socavarla tan grave como otras formas de traición más espectaculares.»

Bernhard Schlink
El lector

15 de diciembre de 2013

Cabeza de turco




“Pero por mucho que Adler haya hecho su fortuna a base de basura, polvo, inmundicia o, para no salirse de su terminología, a base de mierda, el caso es que, por lo que respecta a su propia persona, es de lo más meticuloso en cuanto a limpieza y aseo. Experimenta un miedo histérico a tocar la suciedad de este mundo. Sus obreros-esclavos son para él la casta de los impuros, de los intocables, le dan asco y quisiera mantenerse a la mayor distancia posible de ellos. Y cuando van a su casa una y otra vez para reclamarle sus salarios, la indignación que siempre le sobreviene no obedece sólo al aligeramiento financiero que le amenaza, sino a la confrontación y proximidad directas –que le provocan exactamente el mismo espanto- con el sudor, la suciedad y la miseria, no obstante el hecho de que cada uno de los reclamantes acude siempre limpio y correctamente vestido a exponer sus peticiones. La única excepción fui siempre yo (Alí). Por lo general me presentaba en su pulcro barrio residencial –y lo hacía de modo totalmente deliberado- vestido con mis sucias, grasientas y embarradas ropas de trabajo, y allí me quedaba plantado sobre el felpudo, ante sus horrorizados ojos, como imagen de carne y hueso de lo que es un currante mugriento y andrajoso por causa del trabajo.”

Günter Wallraff
Cabeza de turco

5 de diciembre de 2013

Lo que eres me distrae de lo que dices



Lo que eres
me distrae de lo que dices.

Lanzas palabras veloces,
empavesadas de risas,
invitándome
a ir adonde ellas me lleven.
No te entiendo, no las sigo:
estoy mirando
los labios donde nacieron.

Miras de pronto a los lejos.
Clavas la mirada allí,
no sé en qué, y se te dispara
a buscarlo ya tu alma
afilada, de saeta.
Yo no miro adonde miras:
yo te estoy viendo mirar.

Y cuando deseas algo
no pienso en lo que tú quieres,
ni lo envidio: es lo de menos.
Lo quieres hoy, lo deseas;
mañana lo olvidarás
por una querencia nueva.
No. Te espero más allá
de los fines y los términos.
En lo que no ha de pasar
me quedo, en el puro acto
de tu deseo, queriéndote.
Y no quiero ya otra cosa
más que verte a ti querer.

Pedro Salinas
La voy a ti debida

3 de diciembre de 2013

Rayuela



“Escrito por Morelli en el hospital:

La mejor cualidad de mis antepasados es la de estar muertos; espero modesta pero orgullosamente el momento de heredarla. Tengo amigos que no dejarán de hacerme una estatua en la que me representarán tirado boca abajo en el acto de asomarme a un charco con ranitas auténticas. Echando una moneda en una ranura se me verá escupir en el agua, y las ranitas se agitarán alborozadas y croarán durante un minuto y medio, tiempo suficiente para que la estatua pierda todo interés.”

Julio Cortázar
Rayuela

24 de noviembre de 2013

The Melancholy Death of Oyster Boy



He proposed in the dunes,

they were wed by the sea,

their nine-day-long honeymoon
was on the isle of Capri.

For their supper they had one spectacular dish-
a simmering stew of mollusks and fish.
And while he savored the broth,
her bride’s heart made a wish.

That wish did come true – she gave birth to a baby.
But was this little one human?
Well,
maybe.

Ten fingers, ten toes,
he had plumbing and sight.
He could hear, he could feel,
but normal?
Not quite.
This unnatural birth, this canker, this blight,
was a start and the end and the sum of their plight.

She railed at the doctor:
“He cannot be mine.
He smells of the ocean, of seaweed and brine.”

“You should count yourself lucky, for only last week,
I treated a girl with three ears and beak.
That your son is half oyster
you cannot blame me.
…have you considered, by chance,
a small home by the sea?”

Not knowing what to name him,
they just called him Sam,
or, sometimes,
“that thing that looks like a clam.”

Everyone wondered, but no one could tell,
When would young Oyster Boy come out of his shell?

When the Thompson quadruplets espied him one day,
they called him a bivalve and ran quickly away.

One spring afternoon,
Sam was left in the rain.
At the southwestern corner of Seaview and Main,
he watched the rain water as it swirled
down the drain.

His mom on the freeway
in the breakdown lane
was pounding the dashboard-
she couldn’t contain
the ever-rising grief,
frustation,
and pain.

“Really, sweetheart,” she said,
“I don’t mean to make fun,
but something smells fishy
and I think it’s our son.
I don’t like to say this, but it must be said,
you’re blaming our son for your problems in bed”.

He tried salves, the tried ointments,
that turned everything red.
He tried potions and lotions
and tincture of lead.
He ached and he itched and he twitched and he bled.

The doctor diagnosed,
“I can’t be quite sure,
but the cause of the problem may also be the cure.
They say oysters improve your sexual powers.
Perhaps eating your son
would help you do it for hours!”

He came on tiptoe,
he came on the sly,
sweat on his forehead,
and on his lips – a lie.
“Son, are you happy? I don’t mean to pry,
but do you dream of Heaven?
Have you wanted to die?”

Sam blinked his eyes twice.
But made no reply.
Dad fingered his knife and loosened his tie.

As he picked up his son,
Sam dripped on his coat.
With the shell to his lips,
Sam slipped down his throat. 











They buried him quickly in the sand by the sea
- sighed a prayer, wept a tear –
and were back home by three.

A cross of gray driftwood marked Oyster Boy’s grave.
Words writ in the sand
promised Jesus would save.

But his memory was lost with one high-tide wade.

Back home safe in bed,
he kissed her and said,
“Let’s give it a whirl.”

“But this time,” she whispered, “we’ll wish for a girl.”

Tim Burton
The Melancholy Death of Oyster Boy & Other Stories