«—Somos enemigos, ciegas inmensidades en
guerra como hombres que se matan entre las torres y las fortalezas, perdimos el
brillo del pájaro que se robó la luz y nos dejó en la noche, esperando el
regreso de los ejércitos del suelo que han de volver derrotados de las
ciudades. El moro nos ha dado su alfanje con miel de abeja, el cristiano su
espada con miel de credo, y el turco se ha cortado las orejas para navegar en
ellas y llegar por mares desconocidos a morir a Constantinopla.
Y siempre luchando con el ciego que se
quejaba, sin saber bien si todo aquello era un remedo de pleito, añadió más
ronco:
—¡Go, go, go! La lluvia nace vieja y llora
como recién nacida. Es una niña vieja. La luna nace ciega y brilla para vernos,
pero no nos ve. El tamaño de una uña tiene cuando nace, uña con la que ella
misma va quitando a sus ojos su cascarón de sombra, como la uña de la navajuela
se la cortará a los ojos del Goyo Yic.»
Miguel Ángel Asturias
Hombres de maíz
Hombres de maíz











