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3 de marzo de 2024

El vizconde demediado

«Tras las batallas, el hospital de campaña ofrecía un panorama aún más atroz que las propias batallas. En el suelo había una larga fila de camillas con los desventurados, y a su alrededor se ajetreaban los doctores, arrancándose de la mano pinzas, sierras, agujas, miembros amputados y ovillos de bramante. Muerto por muerto, hacían de todo para que cada cadáver volviera a la vida. Sierra por aquí, cose por allá, tapona conductos, volvían las venas como guantes y las colocaban otra vez en su sitio, con más bramante que sangre por dentro pero remendadas y cerradas. Cuando un paciente moría, todo lo que tenía servible valía para recomponer los miembros de otro, y así sucesivamente. Lo que más se enmarañaba eran los intestinos; una vez desenrollados, ya no se sabía como volverlos a colocar.
 
Al levantar la sábana, el cuerpo del vizconde apareció horriblemente mutilado. Le faltaba un brazo y una pierna, y no sólo eso, sino que todo lo que era tórax y abdomen entre el brazo y la pierna había desaparecido, pulverizado por aquel cañonazo recibido de lleno. De la cabeza quedaban un ojo, una oreja, una mejilla, media nariz, media boca, media barbilla y media frente; la otra mitad de la cabeza era pura papilla. Por resumir, se había salvado sólo la mitad, la parte derecha, que por lo demás estaba perfectamente conservada, sin un rasguño, salvo el enorme desgarrón que la había separado de la parte izquierda hecha migas.
 
Los médicos, encantados. —¡Huy, qué bonito caso!— Si no moría en el trance, podían intentar incluso salvarlo. Y le rodearon, mientras los pobres soldados con una flecha en un brazo morían de septicemia. Cosieron, colocaron, pegaron; quién sabe lo que hicieron. El caso es que al día siguiente mi tío abrió el único ojo, la media boca, dilató la nariz y respiró. La fuerte fibra de los Terralba había resistido. Ahora estaba vivo y partido por la mitad.»
 
Italo Calvino
El vizconde demediado

30 de noviembre de 2022

El vizconde demediado

«En aquella época nuestra, en las comarcas próximas al mar la lepra era una enfermedad muy difundida, y cerca de nosotros había una aldea, Pratofungo, habitada sólo por leprosos, a los que nos sentíamos obligados a entregar donativos, que recogía Galateo. Cuando alguien de la costa o del campo era atacado por la lepra, dejaba parientes y amigos y se iba a Patrofungo a pasar el resto de su vida esperando que el mal lo devorase. Se hablaba de grandes fiestas para recibir a cada recién llegado: desde lejos se oían hasta la noche subir sonidos y cánticos de las casas de los leprosos.

Se decían muchas cosas de Pratofungo, aunque ninguno de los sanos había estado nunca allí; pero todos los rumores coincidían en decir que allá la vida era un perpetuo jolgorio. La aldea antes de convertirse en asilo de leprosos había sido una madriguera de prostitutas donde se daban cita marineros de toda raza y religión, y parecía que las mujeres conservaban todavía las costumbres licenciosas de aquellos tiempos. Los leprosos no trabajaban la tierra, salvo una viña de uva dulce cuyo vinillo los tenía todo el año en un estado de sutil ebriedad. La gran ocupación de los leprosos era tocar extraños instrumentos inventados por ellos, arpas de cuyas cuerdas colgaban muchas campanillas, y cantar en falsete, y pintar huevos con pinceladas de todos los colores como si fuera siempre Pascua. Así, deshaciéndose en músicas dulcísimas, con guirnaldas de jazmín en torno a los rostros desfigurados, olvidaban el consorcio humano del que la enfermedad los había apartado.»

Italo Calvino
El vizconde demediado

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