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2 de abril de 2015

La soledad de los números primos

«Los años del instituto fueron para ambos como una herida abierta, tan profunda que no creían que fuera a cicatrizar jamás. Los pasaron como de puntillas, él rechazando el mundo, ella sintiéndose rechazada por el mundo, lo que a fin de cuentas acabó pareciéndoles lo mismo. Habían trabado una amistad precaria y asimétrica, hecha de largas ausencias y muchos silencios, como un ámbito puro y desierto en el que podían volver a respirar cuando se ahogaban entre las paredes del instituto.

Con el tiempo, la herida de la adolescencia cicatrizó; sus labios fueron cerrándose de manera imperceptible pero continua. Y aunque a cada roce se abría un poco, enseguida volvía a hacerse costra, más gruesa y dura. Al final se había formado una capa de piel nueva, lisa y elástica, y la cicatriz, de ser roja, había pasado a ser blanca y confundirse con las demás.»

Paolo Giordano
La soledad de los números primos

22 de mayo de 2011

La soledad de los números primos


“Ah, Mattia… De nuevo pensaba en él, era como otra de sus enfermedades, de la que en realidad no deseaba curarse. Se puede enfermar de recuerdos, y ella enfermó con el de aquella tarde en el coche frente al parque, cuando le tapó con un beso la visión de aquel horror.

Por mucho que hacía memoria de todos los años vividos con Fabio, no recordaba ni un momento que le encogiese tanto el corazón, que se representase con los mismos vívidos colores, que reviviese con el mismo estremecimiento en la piel, en la raíz del pelo, entre las piernas. Hubo, verdad es, un momento intenso, cierto día que fueron a cenar a casa de Riccardo y su mujer; recordaba que rieron y bebieron mucho, y que luego, ayudando a Alessandra a lavar los platos, un vaso se le rompió entre las manos y se cortó la yema del pulgar; soltó el vaso y profirió un quejido, no muy fuerte, apenas un susurro, pero Fabio lo oyó y acudió en su ayuda: la llevó a la luz, le examinó el dedo y, para restañar la herida, se inclinó y la chupó; chupó su sangre como si hubiera sido propia, mientras con el dedo en la boca alzaba hacia ella los ojos, aquellos ojos transparentes cuya mirada no sabía sostener. Y entonces, apretándole el dedo herido, la besó en la boca, y ella sintió el sabor de su propia sangre en la saliva de él, y se imaginó que circulaba por todo el cuerpo de su marido y volvía a ella limpia, como en una diálisis.

Recordaba, sí, aquel momento, pero había olvidado muchos otros, porque el recuerdo de las personas que no amamos es superficial y se evapora pronto.”


Paolo Giordano
La soledad de los números primos

Imagen: Maggie Taylor. 

16 de septiembre de 2010

La soledad de los números primos

“En el baño de su casa, Alice despegó el esparadrapo que sujetaba la venda. El tatuaje tenía unas cuantas horas de vida y ya se lo había mirado por lo menos diez veces; y siempre que lo hacía su entusiasmo se evaporaba un poco, como agua de charco al sol de agosto. Esta vez se fijó en lo roja que se había puesto la piel alrededor del dibujo y con un nudo en la garganta se preguntó si recuperaría su color natural. Pero pronto desechó tal temor. Odiaba que todo lo que hacía se le antojara irremediable, definitivo. Lo llamaba “el peso de las consecuencias” y estaba convencida de que era otro de los fastidiosos rasgos paternos que con los años arraigaban más y más en su ser. Envidiaba rabiosamente la despreocupación de las chicas de su edad, su frívolo sentido de inmortalidad. Deseaba poseer la ligereza que correspondía a sus quince años, pero cuando trataba de alcanzarla no sentía sino la furia con que volaba el tiempo. Y el peso de las consecuencias se volvía insoportable y sus pensamientos empezaban a dar vueltas cada vez más rápido, en círculos más y más estrechos.”

Paolo Giordano
La soledad de los números primos

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