«A pesar de todo,
cuando mi madre murió, ya había vaciado hasta la última gota de esa ira
antigua, como el veneno de una mordedura de serpiente. Fallo multiorgánico, nos
dijeron los jóvenes médicos. La edad, dijeron los más viejos.
Estoy hasta el coño de
todo, dijo mi madre un día. Creo que se le metió entre ceja y ceja morirse deprisa.
Y que, con intención de entonar un último grito de indignación contra los cinco
años que tardó papá en morir, ella lo hizo en cinco días.
Me sabe muy mal que
nos dejes, le dije. Ya me había acostumbrado a ti.
Ni que lo hiciera
aposta, replicó con vigor.
¿Qué edad tenía? Había
mentido tanto que nadie lo sabía a ciencia cierta; ochenta y tantos,
calculamos.
Su marido está fuera,
señora Karr, anunció la enfermera un día que vino a verla uno de sus
pretendientes, sombrero en mano.
Pues estará hecho un
cromo, porque lleva veinte años muerto.
Si mi padre vivió sus
últimos años en una bruma, los ojos de avellana de mi madre (cuando estaban
abiertos en esos últimos días) te miraban con el carácter penetrante de un par
de picahielos.
¿Quién es el
presidente?, preguntó el médico, para determinar si estaba lo bastante lúcida
para rechazar un soporte vital.
Bill Clinton,
respondió.
¿Y antes de Bill
Clinton?
El gilipollas de
George Bush; y antes, el gilipollas de Ronald Reagan.
En una ocasión abrió
los ojos y nos sorprendió a Lecia empolvándose la nariz y a mí aplicándome otra
capa de rímel. ¿Adónde vais tan arregladas?, quiso saber.
Va a pasar a verte el
cardiólogo guapo, le dije.
Ay, madre, exclamó, frunciendo
mucho los morros. ¡Pintadme los labios!
Hace diez años que
murió y todavía algunas mañanas siento el impulso de coger el teléfono y
llamarla. Mi madre no ha podido desaparecer, ella es como la gravedad o la
luna.»
Mary Karr
Iluminada
Iluminada

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