«El año siguiente
trajo numerosas victorias. Conquistaron la montaña que había al fondo del valle
y la ladera donde creía el bosque de castaños. Hubo otras victorias más allá de
la llanura en la meseta que había al sur; en agosto cruzamos el río y nos instalamos
en una casa en Gorizia que tenía una fuente, muchos árboles gruesos y umbrosos
en un jardín cercado por una tapia y una glicina de color malva en un lado de
la casa. Ahora los combates se libraban en la siguiente montaña a un kilómetro
de distancia. La ciudad era muy agradable y la casa muy acogedora. El río
corría a nuestra espalda y conquistar la ciudad había sido sumamente sencillo;
sin embargo, las montañas eran inexpugnables y me alegró que los austríacos
parecieran querer volver alguna vez a la ciudad, cuando acabara la guerra, pues
no la bombardearon con intención de destruirla sino solo con fines
estratégicos. La gente seguía viviendo en ella y había hospitales, cafés y
artillería en las callejuelas y dos casas de mala nota, una para la tropa y
otra para los oficiales, y al final del verano, las noches frescas, los
combates en las montañas, el hierro del puente del ferrocarril dañado por los
obuses, el túnel derrumbado junto al río, donde se había producido los
combates, los árboles alrededor de la plaza y la larga avenida que conducía
hasta ella; por no hablar de las chicas de la ciudad, del rey que pasaba en su
automóvil y al que ahora a veces se le veía la cara, el cuerpecillo cuellilargo
y la barba gris como la de un chivo; y la visión imprevista del interior de las
casas que habían perdido una pared durante el bombardeo y tenían el jardín o la
calle cubiertos de cascotes y escayola, y que las cosas fuesen tan bien en el
Carso hicieron que ese otoño fuese muy distinto del anterior cuando habíamos
estado en el campo. La guerra también había cambiado.»
Ernest Hemingway
Adiós a las armas
Adiós a las armas

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