17 de marzo de 2026

El solitario del desierto

«Me gusta mi trabajo. La paga es generosa; podría decir incluso fastuosa: 1,95 dólares por hora, me los gane o no; sólidamente respaldada por la Fuerza Aérea más poderosa del mundo, la mayor deuda nacional y el mayor producto nacional bruto. Los beneficios colaterales son de valor incalculable: are limpio para respirar (después de las tormentas de arena de primavera); silencio, soledad y espacio; una vista sin obstáculos día y noche del sol, el cielo, las estrellas, las nubes, las montañas, la luna, acantilados y cañones; una sensación de tiempo suficiente para dejar que el pensamiento y el sentimiento vayan desde aquí al fin del mundo y vuelvan; el descubrimiento de algo íntimo en lo remoto (aunque resulte imposible nombrarlo).
 
El trabajo es simple y casi no exige esfuerzo mental, algo bueno en más de sentido. Lo poco que piense en cosa mía y lo hago en el horario de trabajo. Mi programa, en la medida en que sigo uno, es más o menos este:
 
La semana de trabajo empieza para mí el jueves, que paso normalmente patrullando por las carreteras y recorriendo a pie los caminos. El viernes inspecciono las zonas de acampadas, llevo leña allí y distribuyo papel higiénico. Sábado y domingo son mis días de ajetreo, pues es cuando he de tratar con los visitantes y campistas de fin de semana, responder a preguntas, sacar los coches de la arena, bajar a los niños de las peñas, localizar a los abuelos perdidos e investigar pícnics. Mis charlas de fuego de campamento en las noches de sábado son breves y precias. “¿Todo bien?”, digo, con la insignia puesta, acercándome a lo que parece un grupo alegre. “Muy bien —dirán ellos—; ¿quiere un trago?”. “Por qué no”, digo yo.
 
A última hora del domingo la mayoría se han ido ya a casa y se ha acabado el servicio pesado. Gracias a Dios es lunes, me digo a la mañana siguiente. Los lunes son muy gratos. Vacío los cubos de basura, leo los periódicos que han tirado, limpio las letrinas y retiro los clínex de las rosas de los riscos y los cactus. Por la tarde miro cómo pasan las nubes por el pico pelado del monte Tukuhnikivats. (Alguien tiene que hacerlo).
 
Martes y miércoles descanso. Esos son mis días libres y normalmente reservo la noche del miércoles para hacer un viaje a Moab, reponer mis suministros y establecer un pequeño contacto humano más vital que el posible con los turistas con los que trato en el trabajo. Después de una semana en el desierto Moab (población de 5.500, durante el gran boom del uranio), parece una deslumbrante metrópoli, una dinamo palpitante de comercio y placer. Recorro la única calle principal tan deslumbrado por el ruido y el neón como un chico de pueblo en su primera visita a Times Square. (Uf, voy pensando, esto es magnífico).
 
Después de una visita al supermercado Miller’s, donde me proveo de alubias pintas y otras cosas necesarias, puedo visitar ya los bares y tomar cervezas. Hay mucho movimiento en todos ellos, llenos de prospectores, mineros, geólogos, vaqueros, camioneros y pastores, de charla ruidosa y animada, azuleada de blasfemias. Aunque se ha sabido de algunas diferencias de opinión, la violencia directa es rara, ya que estos hombres se tratan entre ellos con cortesía y respeto. La atmósfera general es libre y amistosa, completamente distinta de la melancolía agria y triste de la mayoría de los bares que yo he conocido, donde hombres nerviosos de apretados cuellos cavilan ante sus bebidas entre pantallas de televisión disonantes y un reloj implacable. ¿Por qué la diferencia?
 
He considerado la cuestión y he hallado la solución siguiente:
 
1.      Estos prospectores, mineros, etc., han estado físicamente activos todo el día al aire libre a mil seiscientos metros o más por encima del nivel del mar; están confortablemente cansados y relajados.
2.     La mayoría de ellos han estado trabajando solos; la presencia de una multitud con la que codearse no es, por tanto, una molestia familiar que hay que soportar con resignación sino más bien un placer desacostumbrado que hay que disfrutar.
3.     La mayoría de ellos están ganando buenos sueldos o haciendo un trabajo que les gusta hacer; son, podría decirse, felices. (El boom no durará, claro, pero eso se olvida. Y las implicaciones éticas y políticas de la explotación de uranio simplemente son desconocidas en estas zonas).
4.     La naturaleza de su trabajo exige una combinación de habilidades y conocimientos, buena salud y seguridad en uno mismo; necesitan no dudar de su propia hombría. (De nuevo todo está sujeto a cambio).
5.     Finalmente, Moab es una población mormona de curiosas costumbres. La bebida fuerte no se despacha en los bares, solo en los “clubs” semiprivados. Ni siquiera la cerveza normal. Estos bebedores contumaces a los que deseo alabar están intentando emborracharse con cerveza de baja graduación, ¡con un  3,2% de alcohol! Se levantan con cierta torpeza de sus asientos y taburetes y se encaminan, con un ruido chapoteante y acuoso, hacia los meaderos de la parte de atrás del local, más saturados de líquido que ebrios.
 
Al final los bares de cerveza de Moab, como todos los demás, acaban convirtiéndose para mí en lugares deprimentes. Tras unas cuantas partidas de billar con mi amigo Viviano Jacquez, un pastor de ovejas reformado, convertido en guía y anfitrión de un rancho turístico (una reforma dudosa), me alegro de dejar el último de esos antros humeantes hacia la media noche y monto en mi furgoneta y emprendo el largo viaje de vuelta al norte y al este camino de la roca silenciosa, el espacio ilimitado y el aire dulce y limpio de mi puesto avanzado en los Arcos.
 
Sí, es un buen trabajo.»
 
Edward Abbey
El solitario del desierto

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