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17 de abril de 2013

Kafka en la orilla



“Las familias rurales son muy violentas. Casi todos los padres son campesinos. Todos logran a duras penas sobrevivir. Están exhaustos por trabajar de sol a sol, acaban bebiendo y, cuando se enfadan, son más dados a pegar que a hablar. No es ningún secreto. Pero los niños no lo viven como algo ominoso, no guardan ningún resentimiento y esos golpes no dejan ninguna huella en su corazón. Pero el padre de Nakata era profesor de universidad, y su madre, según pude apreciar por sus cartas, era una mujer que había recibido una educación esmerada. Es decir, que pertenecían a la elite de la gran ciudad. Y si en su hogar estaba presente la violencia, forzosamente tenía que ser muy diferente a la violencia cotidiana de los niños del pueblo. Debía de ser una violencia más íntima, compuesta de elementos más complejos. Un tipo de violencia capaz de dejar huella en el corazón de un niño. Por eso lamento tanto haberle pegado aquel día en la montaña y por eso me arrepiento de todo corazón de haberlo hecho, por más que fuera un acto inconsciente. Porque era lo último que debería haber hecho.”

Haruki Murakami
Kafka en la orilla

13 de febrero de 2012

Kafka en la orilla


“—Juguemos a lo de siempre —propone.

—De acuerdo —digo. Yo también cierro los ojos y, en silencio, respiro hondo.
—¿Listo? Imagínate una tempestad de arena terrible, terrible de verdad —dice—. Y olvida cualquier otra cosa.

Tal como me ha dicho, imagino una tempestad de arena terrible, terrible de verdad. Y olvido cualquier otra cosa. Incluso quién soy. Me quedo en blanco. Las cosas van aflorando enseguida. Y él y yo las compartimos en el viejo sofá de cuero del estudio de mi padre, como siempre.

—A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar —me comenta el joven llamado Cuervo.

A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí sólo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormenta como ésta.”


Haruki Murakami
Kafka en la orilla

Ilustración de Berk Öztürk (Dreams of a sick child).

5 de abril de 2011

Kafka en la orilla


 “Y sólo una persona que haya sido discriminada sabe lo que eso representa y lo profundamente que hiere. La herida es diferente en cada persona y en cada persona deja una huella distinta. Así que a mí nadie me gana en lo que se refiere a pedir justicia o equidad. Sólo que ya estoy más que harto de la gente sin imaginación. De ese tipo de gente que T.S. Eliot llama “hombre huecos”. Personas que suplen su falta de imaginación, esa parte vacía, con filfa insensible y que van por el mundo sin percatarse de ello. Personas que intentan imponer a la fuerza a los demás esa insensibilidad soltando, una tras otra, palabras huecas.”

Haruki Murakami
Kafka en la orilla

Imagen: Composición n.10, Piet Mondrian

14 de octubre de 2010

Kafka en la orilla

“—Lo que usted está haciendo, en definitiva, es eludir la cuestión empleando argumentos vacíos para no tener que asumir la responsabilidad que le toca. En realidad, lo que está usted llevando a cabo no es más que un pobre intento de autojustificación. Usted es un patético ejemplo histórico de macho falócrata.

—Patético ejemplo histórico —repite Ôshima impresionado. Por el tono de su voz, parece que le gusta bastante cómo suena la frase.
—Es decir, que usted es el típico macho machista —dice la alta, incapaz de contener la ira.
—Macho machista —repite de nuevo Ôshima.

La baja, ignorándolo, prosigue:

—Usted esgrime pretextos machistas baratos formulados para seguir manteniendo inalteradas sus prerrogativas sociales, rebaja usted a la mujer como género a una ciudadanía de segunda categoría y pretende despojar a las mujeres de sus derechos legítimos. Quizá su postura sea más inconsciente que deliberada, pero este hecho, a mi parecer, agrava todavía más su delito. Usted quiere preservar sus privilegios como macho a costa del sufrimiento de la mujer. Y esta falta de conciencia inflige un perjuicio indecible tanto a la mujer como a la sociedad en su conjunto. El tema de los lavabos y de la catalogación de las fichas no es más que un pequeño detalle, por supuesto. Pero donde no existen los detalles no existe el todo. Y empezar por los detalles es la única forma posible de erradicar de esta sociedad la falta de conciencia que la lastra. Éste es nuestro principio de actuación.
—Y así es como siente cualquier mujer bien nacida —añade la otra con semblante inexpresivo.
—«¿Cualquier mujer bien nacida no actuaría así, al comprobar las desgracias paternas, las que compruebo yo de día y de noche que se acrecientan más que menguan?.» —dijo Ôshima.

Las dos, una junto a la otra, permanecen mudas como un iceberg.

—“Electra”, de Sófocles. Una obra maravillosa. La he releído muchas veces. A propósito, la palabra “género” es, ante todo, un término gramatical. Para expresar la diferencia física entre hombres y mujeres, creo que sería más exacta la palabra “sexo”. En este caso, se hace un uso erróneo de la palabra “género”. Son unos pequeños detalles lingüísticos, claro está. —A esto le sigue un silencio gélido—. Sea como sea, lo que dicen ustedes está equivocado de base —comenta Ôshima con un tono calmado pero tajante—. Yo no soy un patético ejemplo histórico de macho machista.
—¿Y podría explicarnos de una forma fácil de entender dónde reside esta equivocación de base? —pregunta la mujer baja con aire desafiante.
—Sin analogías ni alardes intelectuales, por favor —agrega la alta.
—De acuerdo. Voy a explicárselo de una manera sincera y fácil de entender, sin analogías ni alardes intelectuales —dice Ôshima.
—Se lo ruego —dice la alta.

Y la otra asiente con un conciso gesto afirmativo.

—Pues, en primer lugar, porque yo no soy un hombre —declara Ôshima.”

Haruki Murakami
Kafka en la orilla

14 de septiembre de 2010

Hanalei Bay

“El hijo de Sachi murió a los diecinueve años atacado por un gran tiburón en Hanalei Bay. Para ser exactos, el tiburón no llegó a devorarlo. Estaba haciendo surf, solo, en alta mar, cuando un tiburón le arrancó la pierna derecha y, de la impresión, el joven se ahogó. Así pues, la causa oficial de la muerte fue ahogamiento. El tiburón se tragó más de la mitad de la tabla de surf. A los tiburones no les gusta devorar hombres. La carne humana no es de su agrado. En la mayoría de los casos, al primer bocado, decepcionados, se van. Por eso hay muchos casos de personas que, siempre que no hayan sucumbido al pánico, han logrado sobrevivir al ataque de un tiburón habiendo perdido solamente un brazo o una pierna. Sólo que el hijo de Sachi se aterró de tal manera que le sobrevino un ataque al corazón, tragó gran cantidad de agua y murió ahogado.”

Haruki Murakami
Hanalei Bay

7 de junio de 2010

La luciérnaga

“—No puedo hablar bien —me explicó Naoko—. Últimamente me pasa mucho. De verdad que no puedo hablar bien. Cuando intento decir algo, sólo se me ocurren palabras que no vienen a cuento. Que no vienen a cuento o que expresan todo lo contrario de lo que quiero decir. Y, si intento corregirlo, me lío más aún, y más equivocadas son las palabras. Y al final acabo por no saber qué quería decir al principio. Es como si tuviese el cuerpo dividido por la mitad y las dos partes estuviesen jugando a perseguirse. La sensación es ésa. En medio hay una columna muy gruesa, ¿sabes?, y las dos partes van dando vueltas a su alrededor jugando a perseguirse. Una parte de mí tiene la palabra adecuada, pero la otra parte nunca puede atraparla de ninguna de las maneras.”


Haruki Murakami
Sauce ciego, mujer dormida

30 de abril de 2010

After dark

“—A mí me parece que tienes las cosas muy claras.

Mari niega con la cabeza.

—¡Qué va! ¡Pobre de mí! Ni una cosa ni otra. Cuando era pequeña, no tenía confianza en mí misma, era muy tímida. Y en la escuela, por eso, los otros niños se metían siempre conmigo. Era un blanco fácil. ¿Sabes que aún conservo dentro de mí todas aquellas sensaciones? Incluso sueño a menudo con ello.

—Pero con el paso del tiempo y esforzándote mucho, has conseguido mantenerlos a raya, ¿no? Esos recuerdos odiosos.

—Cada vez más —admite Mari. Y asiente—. Poco a poco. Yo soy de ese tipo de personas. De las que se esfuerzan.

—¿Esas que van siguiendo su camino, solas, currando día a día? Como el herrero del bosque.

—Sí.

—Pues a mí me parece admirable ser capaz de hacer algo así.

—¿De esforzarme?

—Ser capaz de esforzarte.

—¿Aunque no ganes nada con ello?

Kôrogi sonríe sin contestar.

Mari reflexiona sobre lo que ha dicho Kôrogi. Y sigue hablando:

—Creo que, poco a poco, invirtiendo mucho tiempo, me he ido creando un mundo propio. Y cuando estoy en él, yo sola, me siento hasta cierto punto tranquila y segura. Pero el hecho de haber tenido que construirme este mundo significa, en sí mismo, que soy una persona débil, frágil, ¿no? Además, desde el punto de vista de la sociedad, mi mundo es algo insignificante. Parece una casa de cartón que un vendaval puede llevarse en un abrir y cerrar de ojos…

—¿Tienes novio? —le pregunta Kôrogi.

Mari hace un pequeño gesto negativo con la cabeza.

—¿Todavía eres virgen? —dice Kôrogi.

Mari se ruboriza y asiente con un pequeño gesto de cabeza.

—Sí.

—Bueno. No tienes por qué avergonzarte de ello.

—Ya.

—¿No te has enamorado nunca? —pregunta Kôrogi.

—He salido con un chico. Pero…

—Has llegado hasta cierto punto, pero no has tenido ganas de llegar hasta el final.

—Sí —asiente Mari—. Sentía curiosidad, por supuesto. Pero no me apetecía demasiado. No sé…

—¿Y qué? Está muy bien. Si no tenías ganas, hiciste bien en no forzarte a ti misma a hacerlo. Para serte sincera, yo me he acostado con muchos hombres, pero, pensándolo bien, la verdad es que lo hice por miedo. Porque me sentía insegura cuando nadie me abrazaba, porque no me atrevía a decir que no cuando me lo pedían. Sólo eso. Y acostarse con alguien de esa manera no es nada bueno. Vas dejando de encontrarle sentido a la vida. ¿Entiendes a qué me refiero?

—Más o menos.

—Me refiero a que tú, cuando encuentres a alguien que valga la pena, empezarás a sentirte más segura de ti misma. Porque, cuando te andas con medias tintas, fatal. En este mundo hay cosas que sólo puedes hacer sola y cosas que sólo puedes hacer con otra persona. Es importante ir combinando las unas con las otras.”

Haruki Murakami
After dark

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