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3 de abril de 2023

Abel Sánchez

«—Pues bien, padre, no sé de quién, no sé de qué, pero hay que salvarte. Yo no sé lo que anda por dentro de esta casa, entre tú y mi madre, no sé lo que nada dentro de ti, pero es algo malo…
—¿Eso te ha dicho el padrecito ese?
—No, no me lo ha dicho el padrecito; no ha tenido que decírmelo; no me lo ha dicho nadie, sino que lo he respirado desde que nací. Aquí, en esta casa, se vive como en tinieblas espirituales.
—¡Bah!, ésas son cosas que has leído en tus libros…
—Como tú has leído otras en los tuyos. ¿O es que crees que sólo los libros que hablan de lo que hay dentro del cuerpo, esos libros tuyos con esas láminas feas, son los que enseñan la verdad?
—Y bien, esas tinieblas espirituales que dices, ¿qué son?
—Tú lo sabrás mejor que yo, papá; pero no me niegues que aquí pasa algo, que aquí hay, como si fueses una niebla oscura, una tristeza que se mete por todas partes, que tú no estás contento nunca, que sufres, que es como si llevases a cuestas una culpa grande...»
 
Miguel de Unamuno
Abel Sánchez

29 de agosto de 2017

Niebla

«–¿Conque no, eh? –me dijo–, ¿conque no? No quiere usted dejarme ser yo, salir de la niebla, vivir, vivir, vivir, verme, oírme, tocarme, sentirme, dolerme, serme: ¿conque no lo quiere?, ¿conque he de morir ente de ficción? Pues bien, mi señor creador don Miguel, también usted se morirá, también usted, y se volverá a la nada de que salió... ¡Dios dejará de soñarle! ¡Se morirá usted, sí, se morirá, aunque no lo quiera; se morirá usted y se morirán todos los que lean mi historia, todos, todos, todos sin quedar ni uno! ¡Entes de ficción como yo; lo mismo que yo! Se morirán todos, todos, todos. Os lo digo yo, Augusto Pérez, ente ficticio como vosotros, nivolesco lo mismo que vosotros. Porque usted, mi creador, mi don Miguel, no es más que otro nivolesco, y entes nivolescos sus lectores, lo mismo que yo, que Augusto Pérez, que su víctima...


–¿Víctima? –exclamé. 


–¡Víctima, sí! ¡Crearme para dejarme morir! ¡Usted también se morirá! El que crea se crea y el que se crea se muere. ¡Morirá usted, don Miguel, morirá usted, y morirán todos los que me piensen! ¡A morir, pues!»


Miguel de Unamuno

Niebla

18 de agosto de 2016

Niebla

«Su repulsión a toda forma de pornografía es bien conocida de cuantos le conocen. Y no sólo por las corrientes razones morales, sino porque estima que la preocupación libidinosa es lo que más estraga la inteligencia. Los escritores pornográficos, o simplemente eróticos, le parecen los menos inteligentes, los más tontos, en fin. Le he oído decir que de los tres vicios de la clásica terna de ellos: las mujeres, el juego y el vino, los dos primeros estropean más la mente que el tercero. Y conste que don Miguel no bebe más que agua. “A un borracho se le puede hablar ―me decía una vez― y hasta dice cosas, pero ¿quién resiste la conversación de un jugador o un mujeriego? No hay por debajo de ella sino la de un aficionado a toros, colmo y copete de la estupidez”.»

Miguel de Unamuno
Niebla

9 de abril de 2014

San Manuel Bueno, mártir




«-La envidia –gustaba repetir- la mantienen los que se empeñan en creerse envidiados, y las más de las persecuciones son efecto más de la manía persecutoria que no de la perseguidora.
-Pero fíjese, don Manuel, en lo que me han querido decir…

Y él:

-No debe importarnos tanto lo que uno quiera decir como lo que diga sin querer.

Su vida era activa, y no contemplativa, huyendo cuanto podía de no tener nada que hacer. Cuando oía eso de que la ociosidad es la madre de todos los vicios, contestaba: “Y del peor de todos, que es el pensar ocioso”. Y como yo le preguntara una vez qué es lo que con eso quería decir, me contestó: “Pensar ocioso es pensar para no hacer nada o pensar demasiado en lo que se ha hecho y no en lo que hay que hacer. A lo hecho pecho, y a otra cosa, que no hay peor que remordimiento sin enmienda”.»

Miguel de Unamuno
San Manuel Bueno, mártir

20 de noviembre de 2012

Niebla




«―Es que tú no puedes suicidarte, aunque lo quieras.
―¿Cómo? ―exclamó al verse de tal modo negado y contradicho.
―Sí. Para que uno se pueda matar a sí mismo, ¿qué es menester? ―le pregunté.
―Que tenga valor para hacerlo ―me contestó.
―No ―le dije―; ¡que esté vivo!
―¡Desde luego!
―¡Y tú no estás vivo!
―¿Cómo que no estoy vivo?, ¿es que he muerto? ―Y empezó, sin darse clara cuenta de lo que hacía, a palparse a sí mismo.
―¡No, hombre, no! ―le repliqué―. Te dije antes que no estabas ni despierto ni dormido, y ahora te digo que no estás ni muerto ni vivo.
―¡Acabe usted de explicarse de una vez, por Dios!, ¡acabe de explicarse! ―me suplicó consternado―. Porque son tales las cosas que estoy viendo y oyendo esta tarde, que temo volverme loco.
―Pues bien: la verdad es, querido Augusto ―le dije con la más dulce de mis voces―, que no puedes matarte porque no estás vivo, y que no estás vivo, ni tampoco muerto, porque no existes...
―¿Cómo que no existo? ―exclamó.
―No, no existe más que como ente de ficción; no eres, pobre Augusto, más que un producto de mi fantasía y de las de aquellos de mis lectores que lean el relato que de tus fingidas venturas y malandanzas he escrito yo; tú no eres más que un personaje de novela, o de nivola, o como quieras llamarle. Ya sabes, pues, tu secreto.»


Miguel de Unamuno
Niebla

2 de abril de 2012

Niebla


«―¡Bueno, basta!, ¡basta! ―exclamé, dando un puñetazo en la camilla―. ¡Cállate! ¡No quiero oír más impertinencias!... ¡Y de una criatura mía! Y como ya me tienes harto, y además no sé ya qué hacer de ti, decido ahora mismo, no ya que no te suicides, sino matarte yo. ¡Vas a morir, pues, pero pronto!, ¡muy pronto!
―¿Cómo? ―exclamó Augusto sobresaltado―, ¿qué me va usted a dejar morir, a hacerme morir, a matarme?
―¡Sí, voy a hacer que mueras!
―¡Ah, eso nunca!, ¡nunca!, ¡nunca! ―gritó.
―¡Ah! ―le dije, mirándole con lástima y rabia―, ¿con que estabas dispuesto a matarte y no quieres que yo te mate? ¿Con que ibas a quitarte la vida y te resistes a que te la quite yo?
―Sí; no es lo mismo...
―En efecto, he oído contar casos análogos. He oído de uno que salió una noche armado de un revólver y dispuesto a quitarse la vida, salieron unos ladrones a robarle, le atacaron, se defendió, mató a uno de ellos, huyeron los demás, y al ver que había comprado su vida por la vida de otro, renunció a su propósito.
―Se comprende ―observó Augusto―; la cosa era quitar a alguien la vida, matar a un hombre, y ya que mató a otro, ¿a qué había de matarse? Los más de los suicidas son homicidas frustrados: se matan a sí mismos por falta de valor para matar a otros...»


Miguel de Unamuno
Niebla

12 de enero de 2012

Niebla

«―Pero, ¿te has metido a escribir una novela?
―¿Y qué quieres que hiciese?
―¿Y cuál es el argumento si se puede saber?
―Mi novela no tiene argumento, o mejor dicho, será el que vaya saliendo. El argumento se hace él solo.
―¿Y cómo es eso?
―Pues mira, un día de éstos que no sabía bien qué hacer, pero sentía ansia de hacer algo, una comezón muy íntima, un escarabajeo de la fantasía, me dije: “voy a escribir una novela, pero voy a escribirla como se vive, sin saber lo que vendrá”. Me senté, cogí unas cuartillas y empecé lo primero que se me ocurrió, sin saber lo que seguiría, sin plan alguno. Mis personajes se irán haciendo según obren y hablen, sobre todo según hablen; su carácter se irá formando poco a poco. Y a las veces su carácter será el de no tenerlo.
―Sí, como el mío.
―No sé. Ello irá saliendo. Yo me dejo llevar.
―¿Y hay psicología, descripciones?
―Lo que hay es diálogo; sobre todo, diálogo. La cosa es que los personajes hablen, que hablen mucho, aunque no digan nada.
―Eso te lo habrá insinuado Elena, ¿eh?
―¿Por qué?
―Porque una vez me pidió una novela para matar el tiempo, recuerdo que me dijo que tuviese mucho diálogo y muy cortado.
―Sí, cuando en una que lee se encuentra con largas descripciones, sermones o relatos, los salta diciendo: “¡paja!, ¡paja!, ¡paja!”. Para ella sólo el diálogo no es paja. Y ya ves tú, puede muy bien repartirse un sermón en un diálogo.
―¿Y por qué será esto?...
―Pues porque a la gente le gusta la conversación por la conversación misma, aunque no diga nada. Hay quien no resiste un discurso de media hora y se está tres horas charlando en un café. Es el encanto de la conversación, de hablar por hablar, del hablar roto e interrumpido.
―También a mí el tono de discurso me carga...
―Sí, es la complacencia del hombre en el habla, y en el habla viva... Y sobre todo que parezca que el autor no dice las cosas por sí, no nos molesta con su personalidad, con su yo satánico. Aunque, por supuesto, todo lo que digan mis personajes lo digo yo...
―Eso hasta cierto punto...
―¿Cómo hasta cierto punto?
―Sí, que empezarás creyendo que los llevas tú, de tu mano, y es fácil que acabes convenciéndote de que son ellos los que te llevan. Es muy frecuente que un autor acabe por ser juguete de sus ficciones...
―Tal vez, pero el caso es que en esa novela pienso meter todo lo que se me ocurra, sea como fuere.
―Pues acabará no siendo novela.
―No, será..., será... nivola.»

 
Miguel de Unamuno
Niebla

21 de septiembre de 2011

Y va de cuento

“En un buen cuento, lo más importante son las situaciones y las transiciones. Sobre todo estas últimas. ¡Las transiciones, oh! Y respecto a aquéllas, es lo que decía el famoso melodramaturgo d’Ennery: “En un drama –y quien dice drama dice cuento-, lo importante son las situaciones; componga usted una situación patética y emocionante, e importa poco lo que en ella digan los personajes, porque el público, cuando llora, no oye”. ¡Qué profunda observación esta de que el público, cuando llora, no oye!”


Miguel de Unamuno 
Y va de cuento

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