«Se están comportando
ustedes estúpidamente, gritó el médico, si lo que quieren es convertir esto en
un infierno, pueden seguir, van por buen camino, pero recuerden que estamos
entregados a nosotros mismos, que no vamos a recibir ninguna ayuda de fuera, ya
han oído lo que dijeron, Es que me robó el coche, se lamentó el primer ciego,
más deteriorado que el otro, Y qué importa el coche ahora, dijo la mujer del
médico, cuando se lo robaron tampoco podía servirse de él, Pero era mío, y este
ladrón se lo llevó no sé adónde, Lo más probable, dijo el médico, es que su
coche esté en el sitio donde este hombre se quedó ciego, Tiene usted razón,
doctor, se nota que sabe, allí estará sin duda, dijo el ladrón. El primer ciego
hizo un movimiento como para soltarse de las manos que lo sujetaban, pero sin
forzar, como si hubiera comprendido que ni la indignación, por justificada que
estuviese, iba a devolverle el coche, ni el coche iba a devolverle la vista.
Pero el ladrón amenazó de nuevo, Si crees que no te va a ocurrir nada, te
equivocas, sí, fui yo quien te robó el coche, pero tú me has robado a mí la
vista de mis ojos, a ver quién de los dos es más ladrón, Acaben de una vez,
protestó el médico, todos aquí estamos ciegos y no nos quejamos, ni acusamos a
nadie, Mucho me importa a mí el mal de los otros, dijo el ladrón, desdeñoso, Si
quiere irse a otra sala, dijo el médico al primer ciego, mi mujer podrá
llevarlo, ella se orienta mejor que yo, He cambiado de idea, prefiero quedarme
aquí.»
José Saramago
Ensayo sobre la ceguera
Ensayo sobre la ceguera

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