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22 de noviembre de 2021

Noche de junio

«En los jardines y en el oscuro parque, multitud de aromas flotaban en el aire suave, pugnando entre sí. El noble perfume de las rosas de té ondulaba leve y discreto, junto a la acometida impetuosa y apasionada del clavel, el cálido y penetrante heliotropo y la opulenta y sosegada lila.
 
Pero más rico, más vivo y más exuberante que ninguno, el jazmín, ese aroma dulce y agobiante que es uno de los más arrebatadores encantos de las noches de principios del verano, se extendía en oleadas hasta las profundidades del viejo parque, aturdiendo los sentidos, encendido y exaltado como un tropel de pensamientos de amor.»
 
Hermann Hesse
Noche de junio

9 de abril de 2013

Siddhartha

«Deseaba ardientemente no saber ya nada más sobre sí mismo, quedarse en paz, estar muerto. ¡Cómo le fulminaba un rayo o lo devoraba algún tigre! ¡Si al menos hubiera un vino, algún veneno que lo aletargara, sumiéndolo en el olvido y en un sueño sin despertar! Pues ¿existía acaso una inmundicia con la que no se hubiera mancillado, algún pecado o locura que no hubiera cometido, algún vacío espiritual que no hubiera cargado a cuestas? ¿Era posible continuar viviendo? ¿Era posible seguir aspirando y espirando aire en forma ininterrumpida, volver a sentir hambre, comer y dormir nuevamente, acostarse con mujeres? Aquel ciclo vital ¿no se había cerrado para él definitivamente?

Llegó Siddhartha al gran río del bosque, al mismo río que un barquero le hiciera cruzar años atrás, cuando él, joven aún, vino de la ciudad de Gotama. A orillas de ese río se detuvo, vacilante. La fatiga y el hambre lo habían debilitado. ¿Para qué seguir andando? ¿Adónde, en pos de qué meta? No, ya no había otras metas; ya sólo le quedaba el deseo profundo y doloroso de sacudirse aquel árido sueño de encima, de escupir ese insípido vino y poner fin a aquellas vida ignominiosa y miserable.

Un árbol se inclina sobre la orilla del río, un cocotero. En su tronco apoyó Siddhartha el hombro, y rodeándolo con uno de sus brazos, se puso a contemplar el agua verde que fluía sin cesar a sus pies. Y al mirarla pasar ahí abajo se sintió totalmente invadido por el deseo de dejarse caer y sumergirse en la corriente. La superficie del agua reflejaba un horrible vacío, que correspondía al vacío aterrador de su alma. Sí, era un hombre acabado. No le quedaba otra solución que apagarse, que hacer trizas la maltrecha imagen de su vida y arrojarla a los pies de alguna divinidad sarcástica. Aquélla era la gran liberación que anhelaba: la muerte, el aniquilamiento de una forma para él aborrecible. ¡Que los peces lo devoraran, que destruyeran a ese perro de Siddhartha, a ese loco, aquel cuerpo deteriorado y putrefacto, esa alma aletargada y pervertida! ¡Que los peces y los cocodrilos lo devoraran; y que los demonios lo despedazaran!

Mientras miraba fijamente el agua, vio el reflejo de su rostro demudado, y le escupió. Preso de un cansancio enorme, separó el brazo del tronco y se volvió un poco para dejarse caer verticalmente, para sumergirse de una vez por todas. Y, con los ojos cerrados, se fue hundiendo, hundiendo cada vez más en dirección a la muerte.

De las regiones más recónditas de su alma, desde lejanos parajes de su fatigada vida le llegó de pronto un sonido. Era una palabra, una sílaba que él mismo, sin pensarlo, había pronunciado con voz balbuceante: la antigua palabra con la que comienzan y terminan todas las plegarias brahmánicas, el sagrado Om, que significa “lo Perfecto” o “la Realización”. Y en el preciso instante en que la sílaba Om rozó el oído de Siddhartha, su espíritu adormecido despertó y reconoció la locura que estaba a punto de cometer.

Un miedo profundo apoderóse de Siddhartha. ¡Tal era su grado de extravío, se hallaba tan perdido y desprovisto de toda sabiduría que llegó incluso a buscar la muerte, que el deseo infantil de hallar la paz en la aniquilación del propio cuerpo pudo echar raíces y medrar en su alma!

Lo que todas las torturas, desengaños y desesperaciones de esos últimos tiempos no habían logrado provocar cristalizó en el momento mismo en que el Om penetró en su conciencia: se reconoció a sí mismo en medio de su error y su miseria.»

Hermann Hesse
Siddhartha

25 de mayo de 2012

Lobo estepario

“¿Y quién buscaba entre los escombros de la propia vida el sentido que se había llevado el viento, quién sufría lo aparentemente absurdo y vivía lo aparentemente loco y esperaba secretamente aun en el último caos errante la revelación y proximidad de Dios?”

Hermann Hesse
Lobo estepario

11 de octubre de 2011

Siddhartha

“El mundo, amigo Govinda, no es imperfecto ni se encuentra en vías de un lento perfeccionamiento. No, es ya perfecto en cada instante: cada pecado lleva en sí la gracia, en cada niño alienta ya el anciano, todo recién nacido contiene en sí la muerte, todo moribundo, la vida eterna. Ningún hombre es capaz de ver hasta qué punto del camino ha avanzado su prójimo; en el ladrón y en el jugador de dados aguarda Buda, en el brahmán puede ocultarse un bandido. La meditación profunda ofrece la posibilidad de abolir el tiempo, de ver simultáneamente toda la vida pasada, presente y venidera, y entonces todo es bueno, todo es perfecto, todo es Brama. Por ello me parece bueno todo lo que existe: la vida no menos que la muerte, el pecado tanto como la santidad, la inteligencia no menos que la estupidez. Todo ha de ser así, todo no pide sino mi aprobación, mi buena voluntad, mi compresión amorosa; y en ese caso es bueno para mí, sólo podrá estimularme, nunca podrá hacerme daño. He experimentado en cuerpo y alma que me hacían falta el pecado, la concupiscencia, el afán de lucro, la vanidad y la más ignominiosa de las vanidades para aprender a vencer mi resistencia, para aprender a amar al mundo y a no compararlo más con algún mundo deseado e imaginado por mí, con algún arquetipo de perfección inventado por mi cerebro, sino dejarlo tal como es, y amarlo e integrarme a él con gusto. Éstas, oh, Govinda, son algunas de las ideas que han acudido a mi espíritu.”

Hermann Hesse 
Siddhartha

4 de junio de 2011

Lobo estepario

“Ella era la pequeña ventanita, el minúsculo agujero luminoso en mi sombría cueva de angustia. Era la redención, el camino de la liberación. Ella tenía que enseñarme a vivir o enseñarme a morir; ella, con su mano segura y bonita, tenía que tocar mi corazón entumecido para que al contacto con la vida floreciera o se deshiciese en cenizas”.

Herman Hesse
Lobo estepario

p.d. Feliz cumpleaños, Candela.  

27 de diciembre de 2010

Demian

“Las cosas que vemos –continúo Pistorius con voz más apagada- son las mismas que hay en nosotros. La única realidad es la que en nosotros tenemos, y si los hombres viven tan irrealmente es porque aceptan como realidad las imágenes exteriores y ahogan en sí la voz de su mundo interior. También se puede ser feliz así; pero cuando se llega a saber lo otro se hace ya imposible seguir el camino de la mayoría. El camino de los más es fácil, Sinclair; tan fácil como penoso el nuestro.”


Hermann Hesse
Demian

17 de octubre de 2010

Demian

"Y me contó la historia de un muchacho enamorado de una estrella. Adoraba a su estrella junto al mar, tendía sus brazos hacia ella, soñaba con ella y le dirigía todos sus pensamientos. Pero sabía o creía saber, que una estrella no podría ser abrazada por un ser humano. Creía que su destino era amar a una estrella sin esperanza; y sobre esta idea construyó todo un poema vital de renuncia y de sufrimiento silencioso y fiel que habría de purificarle y perfeccionarle. Todos sus sueños se concentraban en la estrella. Una noche estaba de nuevo junto al mar, sobre un acantilado, contemplando la estrella y ardiendo de amor hacia ella. En el momento de mayor pasión dio unos pasos hacia adelante y se lanzó al vacío, a su encuentro. Pero en el instante de tirarse pensó que era imposible y cayó a la playa destrozado. No había sabido amar. Si en el momento de lanzarse hubiera tenido la fuerza de creer firmemente en la realización de su amor, hubiese volado hacia arriba a reunirse con su estrella."

Hermann Hesse
Demian

2 de julio de 2010

El lobo estepario

“Soledad era independencia, yo me la había deseado y la había conseguido al cabo de largos años. Era fría, es cierto, pero también era tranquila, maravillosamente tranquila y grande, como el tranquilo espacio frío en que se mueven las estrellas.”


Hermann Hesse
El lobo estepario

21 de junio de 2010

Lobo estepario

“Erase una vez un individuo, de nombre Harry, llamado el lobo estepario. Andaba en dos pies, llevaba vestidos y era un hombre, pero en el fondo era, en verdad, un lobo estepario. Había aprendido mucho de lo que las personas con buen entendimiento pueden aprender, y era un hombre bastante inteligente. Pero lo que no había aprendido era una cosa: a estar satisfecho de sí mismo y de su vida.”

Hermann Hesse
Lobo estepario

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