5 de febrero de 2013

Un paseo por el lado salvaje

«En el animado y remoto verano del 31, Nueva Orleans ofrecía oportunidades casi ilimitadas para los jóvenes ambiciosos y de pulcra apariencia dispuestos a empezar desde abajo y abrirse camino ascendiendo peldaño a peldaño por la Escalera del Triunfo. Aquellos que tenían más cabeza empezaban desde arriba y bajaban: era más rápido.

En el animado y remoto verano del 31, algunos estados estaban secos y otros mojados. Russ Columbo cantaba Please. Al Capone citaba a Mark Twain y alguien sostenía que, en el mundo de la aviación, las mujeres eran iguales a los hombres. Una mujer se negó a responder a las preguntas de una comisión del Senado y la Legión Americana afirmó que las asambleas legislativas estatales ponían trabas a la venta de productos fabricados por los trabajadores americanos.

Un pastor de Nueva York descubrió que Jerusalén había tenido un peor gobierno que el de Jimmy Walker y dijo que prefería vivir un día con Hoover en el poder antes que con Ezequías.

Los excesos de ese año se debían a un movimiento hacia atrás del péndulo moral, proclamó el reverendo Harry Emerson Fosdick, y añadió que si las cantinas estuvieran todavía abiertas sería aún peor. El presidente pulsó un botón en Washington que encendió un edificio que había costado cincuenta y dos millones de dólares, el más alto jamás levantado por la mano del hombre, en la esquina de la Calle Treinta y Cuatro con la Quinta Avenida en Nueva York. Wallace Beery decía en las pantallas que “Lo que me gusta de mamá es que es mucha mamá”, y los precios del algodón tocaron de nuevo fondo.

La Escalera del Triunfo se había invertido: la parte de arriba estaba abajo, y la de abajo, arriba. Los que había sido líderes, y todavía lucían relojes de oro, iban de puerta en puerta, con las suelas de los zapatos colgando, enseñando fotografías de bebés. Los médicos se dedicaban a vender aclaradores de piel y los capitanes de barco hacían cola buscando trabajo, con la esperanza de que les ofrecieran el cubo y la fregona de un grumete.

Los despachos de las grandes compañías aseguradoras de incendios se convertían en humo, lo que no dejaba de tener su gracia. Cuando el departamento de incendios, cuyos empleados llevaban mucho tiempo sin cobrar, se vaciaba, poco quedaba más que expedientes chamuscados, sillas giratorias en las que nadie volvería a girar, preciosos montones de añicos de cristal esmerilado y todo aquel mobiliario de caoba.

Una caoba que, al final no había servido de nada a nadie, salvo a los corredores de Bolsa. Luego los corredores empezaron a tirarse desde las azoteas sin mayor consideración hacia quienes pasaban por debajo que la que habían tenido en sus buenos tiempos. Los emperadores de la industria robaban toda la calderilla a la que podían echar mano y hacían una última apuesta. Los abogados se querellaban unos a otros sólo para mantenerse en activo.

Y en todos los manicomios había un pequeño usurero escondido en una celda individual donde no hacía otra cosa que garabatear porcentajes con la uña en la pared, un día tras otro.

En menos tiempo del que se tarda en decir Dios con la boca abierta, el buscavidas que se ganaba el pan vendiendo puerta a puerta se convirtió en la columna vertebral de la economía americana. Trabajaba para Medias Realsilk o para Aspiradoras Hoover el tiempo justo para agenciarse un par de docenas de medias de seda o una aspiradora de segunda mano, robándola pieza por pieza. También estaban a su alcance la calderilla, el dinero para la leche y demás, dejados al desgaire por estantes o en los alféizares, mientras las amas de casa estudiaban una de sus ofertas. Robar el cambio también se hizo práctica común del buscavidas, y cientos de ellos subsistían gracias a eso una semana sí y otra también.

Sin embargo, como señaló el secretario de la Federación del Trabajo, la economía había dejado de hundirse.

Que los pobres salieran por su cuenta del marasmo y que el gobierno ayudara a los que ya tenían más de lo que podían gastar: ése era el plan. Pero los bancos de los parques aparecían húmedos por las mañana, tanto si llovía como si no; y hasta comer plátanos todos los días acababa cansando.

Pese a todo, los tiempos no eran tan duros como algunos se obstinaban en repetir. En realidad, lo único que había pasado era un retroceso de una prosperidad anormal en los negocios que ahora avanzaban en una pendiente descendiente hacia una nueva normalidad y una creciente equiparación de las oportunidades. En poco tiempo, avanzaríamos a toda máquina. Sólo que esta vez cada magnífica oportunidad era justamente tan buena como la siguiente. Lo que se tradujo, simplemente, en que nadie volvió a cobrar.»

Nelson Algren
Un paseo por el lado salvaje

23 de enero de 2013

A LA INMENSA MAYORÍA



 Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre
aquel que amó, vivió, murió por dentro
y un buen día bajó a la calle: entonces
comprendió: y rompió todos sus versos.

Así es, así fue. Salió una noche
echando espuma por los ojos, ebrio
de amor, huyendo sin saber adónde:
a donde el aire no apestase a muerto.

Tiendas de paz, brizados pabellones,
eran sus brazos, como llama al viento;
olas de sangre contra el pecho, enormes
olas de odio, ved, por todo el cuerpo.

¡Aquí! ¡Llegad! ¡Ay! Ángeles atroces
en vuelo horizontal cruzan el cielo;
horribles peces de metal recorren
las espaldas del mar, de puerto a puerto.

Yo doy todos mis versos por un hombre
en paz. Aquí tenéis, en carne y hueso,
mi última voluntad. Bilbao, a once
de abril, cincuenta y uno.


Blas de Otero
Pido la paz y la palabra

14 de enero de 2013

El bosque del odio



«El niño le miró con atención.

-¿Te gusta la música?
-Mucho.
-Entonces no me pegarás. No se puede apreciar la música y pegarme. ¿No se lo dirás a nadie?
-A nadie.
-Entonces, escucha…

Tomó el violín. De pie en medio del sótano maloliente, vestido con sucios harapos, el niño judío cuyos padres habían sido asesinados en un gueto restituyó el mundo y a los hombres, restituyó a Dios. Tocaba.

Su rostro ya no era feo, su cuerpo torpe ya no era ridículo, y en su pequeña mano el arco se había convertido en una varita mágica. Con la cabeza echada hacia atrás como hacen los triunfadores, los labios entreabiertos en una sonrisa victoriosa, tocaba. El mundo había salido del caos. Había tomado una forma armoniosa y pura. Primero murió el odio, y a los primeros acordes el hambre, el desprecio y la fealdad huyeron, como larvas oscuras que a la luz se ciegan y mueren. En todos los corazones vivía el calor del amor. Todas las manos estaban tendidas, todos los pechos eran fraternales. De vez en cuando el niño se detenía y dirigía a Janek una mirada triunfal.

-Un poco más –murmuraba Janek.

El niño seguía. Y de repente Janek tuvo miedo, tuvo miedo de la muerte. Una bala alemana, el frío, el hambre, y él desaparecería antes de que su alma bebiese el Grial humano, creado en medio de la peste y el odio, de las matanzas y el desprecio, con el sudor de muchas frentes y el precio de lágrimas de sangre, en medio del gran sufrimiento del cuerpo y del espíritu, de la cólera o la indiferencia del cielo: el trabajo incomparable de esas hormigas humanas que en algunos años de vida miserable supieron crear belleza para los siguientes milenios.»


Romain Gary
El bosque del odio

7 de diciembre de 2012

La divina comedia



“¡Oh fantasía, que de tal modo nos arrebatas a veces fuera de nosotros mismos, que nada siente el hombre aunque suenen mil trompetas en torno suyo! ¿Quién te anima cuando no recibes impresión alguna de los sentimientos?”


Dante Alighieri
La divina comedia

2 de diciembre de 2012

Drácula



«Teníamos la impresión de estar viviendo una pesadilla llamada Lucy. Los dientes puntiagudos, los labios voluptuosos, manchados de sangre… Todo ello era suficiente para producir escalofríos de terror, y su cuerpo sensual, visiblemente carente de alma, era como una burla diabólica de lo que fuera en vida el cuerpo de Lucy.

Metódicamente, según su costumbre, Van Helsing retiró de su cartera diversos instrumentos, dejándolos a mano. Primero, sacó un soldador y un poco de soldadura; después, una lámpara de aceite que, una vez encendida, desprendió un gas azulado que daba mucho calor; luego, los instrumentos que debía servir para la operación, y finalmente una estaca de madera cilíndrica, de unos diez centímetros de diámetro y un metro de longitud. Puso al fuego la punta de la estaca, y después la afiló agudamente. Por fin sacó de la cartera un martillo de grandes dimensiones.»

[…]

«Van Helsing abrió el libro de rezos y empezó a leer; Quincey y yo contestábamos lo mejor posible. Arthur colocó la punta de la estaca sobre el corazón de Lucy, y observé que empezaba a hundirla ligeramente en la blanca carne. Después, golpeó con el martillo con toda su fuerza.

El cadáver, dentro del ataúd, tembló, se retorció en pavorosas convulsiones, y un chillido de rabia, que heló nuestros corazones, se escapó de su boca; los afilados dientes se clavaron en los labios, y se cubrieron de una espuma escarlata. Arthur no perdió el coraje. Semejante al dios Thor, su brazo se alzaba y se abatía con firmeza, hundiendo cada vez más la misericordiosa estaca, mientras saltaba la sangre, esparciéndose por doquier. En su rostro se veía retratada la resolución, como si estuviese seguro de ejecutar un deber sagrado, y ante aquello, nuestras voces también se elevaron con más firmeza y voluntad.

Poco a poco, el cuerpo cesó de temblar, las contorsiones disminuyeron, mas los dientes continuaron clavados en los labios, y los rasgos del rostro siguieron estremeciéndose. Finalmente, el cadáver quedó completamente inmóvil. La terrible tarea había terminado.»


Bram Stoker
Drácula

20 de noviembre de 2012

Niebla




«―Es que tú no puedes suicidarte, aunque lo quieras.
―¿Cómo? ―exclamó al verse de tal modo negado y contradicho.
―Sí. Para que uno se pueda matar a sí mismo, ¿qué es menester? ―le pregunté.
―Que tenga valor para hacerlo ―me contestó.
―No ―le dije―; ¡que esté vivo!
―¡Desde luego!
―¡Y tú no estás vivo!
―¿Cómo que no estoy vivo?, ¿es que he muerto? ―Y empezó, sin darse clara cuenta de lo que hacía, a palparse a sí mismo.
―¡No, hombre, no! ―le repliqué―. Te dije antes que no estabas ni despierto ni dormido, y ahora te digo que no estás ni muerto ni vivo.
―¡Acabe usted de explicarse de una vez, por Dios!, ¡acabe de explicarse! ―me suplicó consternado―. Porque son tales las cosas que estoy viendo y oyendo esta tarde, que temo volverme loco.
―Pues bien: la verdad es, querido Augusto ―le dije con la más dulce de mis voces―, que no puedes matarte porque no estás vivo, y que no estás vivo, ni tampoco muerto, porque no existes...
―¿Cómo que no existo? ―exclamó.
―No, no existe más que como ente de ficción; no eres, pobre Augusto, más que un producto de mi fantasía y de las de aquellos de mis lectores que lean el relato que de tus fingidas venturas y malandanzas he escrito yo; tú no eres más que un personaje de novela, o de nivola, o como quieras llamarle. Ya sabes, pues, tu secreto.»


Miguel de Unamuno
Niebla

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