26 de enero de 2017

El astillero

«Lavaba los platos guiñando los ojos al humo del cigarro que le colgaba de la boca y los iba pasando a Larsen para que los secara.

“Tan hermosa y tan concluida —pensaba Larsen—. Si se lavara, si le diera por peinarse. Pero con todo, aunque se pasara las tardes en un salón de belleza y la vistieran en París y yo tuviera diez o veinte años menos, no se puede calcular la necesidad, y a ella le diera por meterse conmigo, sería inútil. Está lisa, quemada y seca como un campo después de un incendio de verano, más muerta que mi abuela, y es imposible, apuesto, que no esté muerto también lo que lleva en la barriga”.»

Juan Carlos Onetti
El astillero

22 de enero de 2017

Romance del enamorado y la muerte

Un sueño soñaba anoche,
soñito del alma mía,
soñaba con mis amores,
que en mis brazos los tenía.
Vi entrar señora tan blanca,
muy más que la nieve fría.
-¿Por dónde has entrado amor?
¿Cómo has entrado, mi vida?
Las puertas están cerradas,
ventanas y celosías.
-No soy el amor, amante:
la Muerte que Dios te envía.
-¡Ay, Muerte tan rigurosa,
déjame vivir un día!
-Un día no puede ser,
una hora tienes de vida.
Muy de prisa se calzaba,
más de prisa se vestía;
ya se va para la calle,
en donde su amor vivía.
-¡Ábreme la puerta, blanca,
ábreme la puerta, niña!
-¿Cómo podré yo abrir
si la ocasión no es venida?
Mi padre no fue a palacio,
mi madre no está dormida.
-Si no me abres esta noche,
ya no me abrirás, querida;
la Muerte me está buscando,
junto a ti vida sería.
-Vete bajo la ventana
donde labraba y cosía,
te echaré cordón de seda
para que subas arriba,
y si el cordón no alcanzare,
mis trenzas añadiría.
La fina seda se rompe;
la Muerte que allí venía:
-Vamos, el enamorado,
que la hora ya está cumplida.


Anónimo

15 de enero de 2017

Una muerte mental

«He aquí mi descubrimiento: matarse con la voluntad, con la propia alma y no con las armas, no con las manos, no con venenos. Eso es lo que estoy haciendo.

[…]

Basta con querer morir, pero quererlo seriamente, fuertemente, constantemente, y la muerte poco a poco se instala en nosotros y nos penetra tan enteramente que un soplo solo, después, no puede derribar.»

Giovanni Papini
Una muerte mental

13 de enero de 2017

Silencio...

Un día estaré muerta, blanca como la nieve,
Dulce como los sueños en la tarde que llueve.

Un día estaré muerta, fría como la piedra,
Quieta como el olvido, triste como la hiedra.

Un día habré logrado el sueño vespertino,
El sueño bien amado donde acaba el camino.

Un día habré dormido con un sueño tan largo
Que ni tus besos puedan avivar el letargo.

Un día estaré sola, como está la montaña
Entre el largo desierto y la mar que la baña.

Será una tarde llena de dulzuras celestes,
Con pájaros que callan, con tréboles agrestes.

La primavera, rosa, como un labio de infante,
Entrará por las puertas con su aliento fragante.

La primavera rosa me pondrá en las mejillas
—¡La primavera rosa!— dos rosas amarillas…

La primavera dulce, la que me puso rosas
Encarnadas y blancas en las manos sedosas.

La primavera dulce que me enseñara a amarte,
La primavera misma que me ayudó a lograrte.

¡Oh la tarde postrera que imagino yo muerta
Como ciudad en ruinas, milenaria y desierta!

¡Oh la tarde como esos silencios de laguna
Amarillos y quietos bajo el rayo de luna!

¡Oh la tarde embriagada de armonía perfecta:
Cuán amarga es la vida! ¡Y la muerte qué recta!

La muerte justiciera que nos lleva al olvido
Como el pájaro errante lo acogen en el nido…

Y caerá con mis pupilas una luz bienhechora,
La luz azul celeste de la última hora.

Una luz tamizada que bajando del cielo
Me pondrá en las pupilas la dulzura de un velo.

Una luz tamizada que ha de cubrirme toda.
Con su velo impalpable como un velo de boda.

Una luz que en el alma musitará despacio:
La vida es una cueva, la muerte es el espacio.

Y que ha de deshacerme en calma lenta en suma
Como en la playa de oro se deshace la espuma.

……………………………………………………………………

Oh, silencio, silencio… esta tarde es la tarde
En que la sangre mía ya no corre ni arde.

Oh, silencio, silencio… en torno de mi cama
Tu boca bien amada dulcemente me llama.

Oh silencio, silencio… que tus besos sin ecos
Se pierden en mi alma temblorosos y secos.

Oh silencio, silencio que la tarde se alarga
Y pone sus tristezas en tu lágrima amarga.

Oh, silencio, silencio que se callan las aves,
Se adormecen las flores, se detienen las naves.

Oh silencio, silencio que una estrella ha caído
Dulcemente a la tierra, dulcemente y sin ruido.

Oh silencio, silencio que la noche se allega
Y en mi lecho se esconde, susurra, gime y ruega.

Oh silencio, silencio… que el Silencio me toca
Y me apaga los ojos, y me apaga la boca.

Oh silencio, silencio… que la calma destila
Mis manos cuyos dedos lentamente se afilan…

Alfonsina Storni
Irremediablemente

10 de enero de 2017

El mapa y el territorio


«En este país se come temprano, ¿sabe? Pero para mí nunca es lo bastante pronto. Lo que más me gusta ahora es el final del mes de diciembre; anochece a las cuatro. Entonces me puedo poner el pijama, tomar mis somníferos y meterme en la cama con una botella de vino y un libro. Vivo así desde hace años. El sol sale a las nueve; bueno, entre que te lavas y tomas un café es casi mediodía, me quedan cuatro horas de luz que aguantar, normalmente lo consigo sin grandes agobios. Pero en primavera es insoportable, las puestas de sol son interminables y espléndidas, es como una especie de puta ópera, hay continuamente colores nuevos, resplandores nuevos, una vez intenté quedarme aquí toda la primavera y pensé que me moría, cada noche estaba al borde del suicidio con este crepúsculo que no termina nunca.»

Michel Houellebecq
El mapa y el territorio

7 de enero de 2017

Una cuestión personal

«Porque un joven que, fiel a lo retorcido que hay en él, termina buscando pervertidos en las calle, un joven así tiene que poseer unos ojos, unos oídos y un corazón exquisitamente sensibles al terror que habita en lo más profundo del subconsciente.»

Kenzaburo Oé
Una cuestión personal

2 de enero de 2017

El mito de Sísifo

«Si bastase con amar, las cosas serían demasiado sencillas. Cuanto más se ama tanto más se consolida lo absurdo. No es por falta de amor por lo que Don Juan va de mujer en mujer. Es ridículo presentarlo como un iluminado en busca del amor total. Pero tiene que repetir ese don y ese ahondamiento porque ama a todas con el mismo ardor y cada vez con todo su ser. De ahí que cada una espere darle lo que nadie le ha dado nunca. Ellas se engañan profundamente cada vez y sólo consiguen hacerle sentir la necesidad de esa repetición. “Por fin —exclama una de ellas— te he dado el amor.” ¿Sorprenderá que Don Juan se ría de ella? “¿Por fin? —dice—: no, sino una vez más.” ¿Por qué habría de ser necesario amar raras veces para amar mucho?

¿Don Juan es triste? No es verosímil. Apenas apelaré a la crónica. Esa risa, la insolencia victoriosa, esos saltos y la afición a lo teatral son claros y alegres. Todo ser sano tiende a multiplicarse. Así le sucede a Don Juan. Pero, además, los tristes tienen dos motivos para estarlo: ignoran o esperan. Don Juan sabe y no espera. Hace pensar en esos artistas que conocen sus límites, no los pasan nunca, y en ese intervalo precario en que se instala su espíritu poseen la facilidad maravillosa de los maestros. Eso es, sin duda, el genio: la inteligencia que conoce sus fronteras. Hasta la frontera de la muerte física, Don Juan ignora la tristeza. Desde el momento en que sabe, su risa estalla y hace que se perdone todo. Era triste en la época en que esperaba. Ahora vuelve a encontrar en la boca de esa mujer el gusto amargo y reconfortante de la ciencia única. ¿Amargo? ¡Es apenas esa imperfección necesaria que hace sensible la dicha!»

Albert Camus
El mito de Sísifo

1 de enero de 2017

Ajeno

Largo se le hace el día a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y duro del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.
Cierra su puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas
se le van hacia el suelo. Pero el alba,
con peligrosa generosidad,
le refresca y le yergue. Está muy clara
su calle y la pasea con pie oscuro,
y cojea en seguida porque anda
sólo con su fatiga. Y dice aire:
palabras muertas con su boca viva.
Prisionero por no querer abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa.

Claudio Rodríguez
Alianza y condena