28 de junio de 2014

Saber perder

«Bueno, Sylvia, quería hablar contigo si no te molesta, ¿qué te pasa? Sylvia se queda en silencio, no acaba de comprender el alcance de la pregunta. Don Octavio se pasa los dedos por el bigote en un gesto mecánico y prosigue. Estamos a final de curso y entre los profesores hemos comentado tu rendimiento, ha bajado mucho. Se te pueden complicar las cosas. A ver, yo no quiero meterme donde no me llaman, pero siempre puede haber algo… No termina la frase, tiene posados sus ojos sobre los de Sylvia. Ella recorre con la mirada las estanterías. No, no me pasa nada. ¿Es falta de motivación, de concentración? No sé, seguro que hay algo en lo que yo te pueda echar una mano. Tu nivel es bueno, no tienes por qué terminar en un suspenso. Eso lo entiendes, ¿no?

Sylvia se muerde un mechón de pelo. Al profesor el bigote le tapa el labio superior y eso le otorga cierto aire de seriedad, que los ojos, mirados de cerca, desmienten. Los ojos le centellean y Sylvia se siente intrigada por esa mirada. No consigue responder nada coherente. Duda si decir mis padres se han separado, pero le suena penoso. Prefiere guardar silencio. Vamos a hacer una cosa para compensar, ¿vale? Para ver si podemos echarte una mano. El profesor se pone en pie y busca en su cajón hasta dar con algunas fotocopias. Por ahí hay cuatro o cinco problemas, son más juegos de lógica que otra cosa. Quiero que me prepares dos o tres folios donde desarrolles las soluciones. Prepáratelo en casa, algo razonado, como si fueras tú quien tuvieras que explicarlo en clase. Puedes sacarlo del libro, claro, pero que se note que lo entiendes. Es muy sencillo y te lo puntuaré como un extra. ¿De acuerdo?

Sylvia levanta los ojos, no acaba de creerse lo que le sucede. ¿Habrá hecho lo mismo con otros alumnos? Sylvia no pregunta. Vuelve a mirar los ojos de don Octavio. Tienes tres días. Me lo traes aquí, al despacho, ésta es una cosa entre tú y yo, fuera de la clase. El profesor da por zanjada la conversación. Sylvia se pone de pie y recuerda todos pasamos por épocas buenas y malas, pero ahora es cuestión de que aprietes el acelerador estas dos últimas semanas, no merece la pena dejarlo.

En la calle, un instante después, Sylvia tiene ganas de llorar. ¿Tan expuesta está su intimidad como para que un profesor, desde la distancia, sea capaz de intuirla? Con una especie de rayos X. Lo que conmovía a Sylvia era el interés casi accidental de él. Había cruzado el pasillo y de pronto al verla sola en la clase había caído en la cuenta de su bajada de nivel, seguro que recordaba el último y penoso examen, y en lugar de alejarse de allí se había detenido un instante para interesarse por ella. Algo debía de haber cruzado en su cabeza durante una milésima de segundo para decidir asomarse a la clase y hablar con ella. Sylvia, como la mayoría de sus compañeros, estaba convencida de que era alguien inescrutable para los profesores. Una cara que se sumaba a un grupo que ocupaba un año de su vida y luego se perdía para siempre. Mundos que nunca se cruzaban, más allá de la hora de clase forzosa.

Lo que la dejaba al borde de las lágrimas era la percepción de que todo había sido abandonado, los estudios, su familia, los amigos de la clase, para involucrarse en una historia que al terminar dejaba un páramo seco, frustrante, estéril. Ha estado en otro lado y, de pronto, el profesor, con una manera profesional, nada intimidatoria, casi azarosa, la devolvía a su realidad. Estamos aquí, ¿dónde estás tú?, parecía haberle preguntado.»

David Trueba
Saber perder

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