28 de marzo de 2018

La lucha por la vida


«—Pero hubiera sido aún más terrible si llegan a hacer lo que querían, que era apagar las luces del teatro antes de echar las bombas —dijo Prats.
¡Qué barbaridad! —exclamó Manuel.
A oscuras hubieran muertos todos —añadió riendo Prats.
No —exclamó Manuel levantándose—; de eso no se puede reír nadie, a no ser que sea un canalla. Matar así de una manera tan bárbara…
Eran burgueses —dijo el Madrileño.
Aunque lo fueran.
Y en la guerra, ¿no matan los militares a gente inocente? —preguntó Prats—. ¿No disparan sobre las casas con bala explosiva?
Pues los que hacen eso son tan canallas como el otro.
Éste, como ya tiene su imprenta —dijo el Madrileño con sorna—, se siente burgués.
Por lo menos, no me siento asesino. Ni tú tampoco.
Una de las bombas no estalló —dijo Skopos—, cayó sobre una mujer muerta por la primera bomba. Por esto, la carnicería no fue mayor.
¿Y quién hizo esa bestialidad? —preguntó Perico Rebolledo.
Salvador.
Ese sí que tendría las entrañas negras…
Debía ser un fiera —dijo Skopos—. Él se escapó del teatro en el momento del pánico, y al día siguiente, cuando el entierro de las víctimas, parece que se le ocurrió subir a lo alto del monumento de Colón con diez o doce bombas, y desde allí irlas arrojando al paso de la comitiva.
No comprendo cómo se puede tener simpatía por hombres así —dijo Manuel.
Mientras estuvo preso —siguió diciendo Skopos—, hizo la comedia de convertirse a la religión. Los jesuitas le protegieron, y allí anduvo un padre Goberna solicitando el indulto. Las señoras de la aristocracia se interesaron también por él, y él se figuraba que le iban a indultar… Pero cuando le metieron en capilla y vio que el indulto no venía, se desenmascaró, y dijo que su conversión era una filfa. Tuvo una frase hermosa: ¿y tus hijas? —le dijeron—. ¿Qué va a ser de tus pobrecitas hijas? ¿Quién se va a ocupar de ellas? “Si son guapas —contestó él—, ya se ocuparán de ellas los burgueses”.
¡Ah!... Es bien… Es bien… —gritó Caruty, que hasta entonces había estado silencioso e inmóvil—. Es bien… le grand canaille… Es bien… Es una frase…
Yo asistí a la ejecución de Salvador —siguió diciendo Skopos— desde un coche de la Ronda; cuando subió al patíbulo iba cayéndose…; pero ¡la vanidad lo que puede!...; el hombre vio un fotógrafo que le apuntaba con la máquina, y entonces levantó la cabeza y trató de sonreír… Una sonrisa que daba asco, la verdad, no sé por qué…. El esfuerzo que hizo le dio ánimos para llegar al tablado. Aquí trató de hablar; pero el verdugo le echó una manaza al hombro, le ató, le tapó la cara con un pañuelo negro, y se acabó…. Yo esperé a ver la impresión que producía a la gente. Venían obreros y muchachas de los talleres, y todos, al ver la figurilla de Salvador en el patíbulo, decían: ¡Qué pequeño es! Parece mentira.

Y hablaron de otros anarquistas, de Ravachol, de Vaillant, de Henry, de los de Chicago… Había oscurecido y siguieron hablando… Ya no eran las ideas, eran los hombres los que entusiasmaban. Y entre su humanitarismo exaltado y su culto de sectarios por una especie de religión nueva, aparecía en todos ellos, saliendo a la superficie, su fondo de meridionales, su admiración por el valor, su entusiasmo por la frase rotunda y el gesto gallardo…

Manuel se sentía inquieto, profundamente disgustado en aquel ambiente.

Y todos los domingos aumentaba el número de adeptos en “La Aurora roja”. Unos, contagiados por otros, iban llegando… Y crecía el grupo anarquista libremente, como una mancha de hierba en una calle solitaria…».

Pío Baroja
Aurora roja. La lucha por la vida

19 de marzo de 2018

Maldito karma


«Así pues, vi cómo Alex y Nina subían al altar. La novia estaba preciosa con su vestido arreglado.

Oí cómo el sacerdote volvía a hacerles la pregunta del “Quieres”.

Primero contestó Alex: “¡Sí, quiero!”

Luego Nina susurró: “Sí, quiero… de todo corazón.”

Lo miraba completamente enamorada.

En aquel momento lo tuve claro: Nina aprovecharía su oportunidad y disfrutaría de una vida familiar feliz.

Una oportunidad que yo también tuve cuando era humana.

Y que no aproveché.

Había malgastado mi vida humana.

Y al llegar a esa conclusión se produjo un crac.

Bueno, no se produjo realmente un crac, pero ¿cómo describir el ruido que hace el corazón al romperse?

A lo mejor así: es el ruido más espantoso que existe.

Y el dolor más brutal, con mucho.

Un dolor mortal.»

David Safier
Maldito karma

13 de marzo de 2018

El juego de Ender


«Bonzo no dio un grito de dolor. No reaccionó en absoluto, aunque su cuerpo se elevó un poco en el aire. Era como si Ender hubiera pegado una patada a un mueble. Bonzo, sin conocimiento, cayó de lado, y quedó tirado directamente debajo de la lluvia de agua humeante de una ducha. No hizo ningún movimiento para escapar del calor homicida.

¡Dios mío! —gritó alguien.

Los amigos de Bonzo dieron un salto para cerrar el agua. Ender se puso de pie lentamente. Alguien le alargó su toalla. Era Dink.

Salgamos de aquí —dijo Dink.

Condujo a Ender fuera. Detrás quedaba el pesado estrépito de adultos que bajaban una escalera corriendo. Ahora vendrían los profesores. El personal médico. Para vendar las heridas del enemigo de Ender. ¿Dónde estaban antes de la pelea? Cuando aún estaban a tiempo de que no hubiera heridas.

No había ahora ninguna duda en la mente de Ender. No recibiría ninguna ayuda. Fuera lo que fuese lo que tuviera enfrente, ahora y siempre, nadie le salvaría. Peter podría ser un canalla, pero había tenido razón, siempre la tuvo: el poder de causar dolor es el único poder que importa, el poder de matar y destrozar; porque si no eres capaz de matar entonces siempre estás sometido a los que sí son capaces, y nada ni nadie te salvará.»

Orson Scott Card
El juego de Ender