23 de enero de 2013

A LA INMENSA MAYORÍA



 Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre
aquel que amó, vivió, murió por dentro
y un buen día bajó a la calle: entonces
comprendió: y rompió todos sus versos.

Así es, así fue. Salió una noche
echando espuma por los ojos, ebrio
de amor, huyendo sin saber adónde:
a donde el aire no apestase a muerto.

Tiendas de paz, brizados pabellones,
eran sus brazos, como llama al viento;
olas de sangre contra el pecho, enormes
olas de odio, ved, por todo el cuerpo.

¡Aquí! ¡Llegad! ¡Ay! Ángeles atroces
en vuelo horizontal cruzan el cielo;
horribles peces de metal recorren
las espaldas del mar, de puerto a puerto.

Yo doy todos mis versos por un hombre
en paz. Aquí tenéis, en carne y hueso,
mi última voluntad. Bilbao, a once
de abril, cincuenta y uno.


Blas de Otero
Pido la paz y la palabra

14 de enero de 2013

El bosque del odio



«El niño le miró con atención.

-¿Te gusta la música?
-Mucho.
-Entonces no me pegarás. No se puede apreciar la música y pegarme. ¿No se lo dirás a nadie?
-A nadie.
-Entonces, escucha…

Tomó el violín. De pie en medio del sótano maloliente, vestido con sucios harapos, el niño judío cuyos padres habían sido asesinados en un gueto restituyó el mundo y a los hombres, restituyó a Dios. Tocaba.

Su rostro ya no era feo, su cuerpo torpe ya no era ridículo, y en su pequeña mano el arco se había convertido en una varita mágica. Con la cabeza echada hacia atrás como hacen los triunfadores, los labios entreabiertos en una sonrisa victoriosa, tocaba. El mundo había salido del caos. Había tomado una forma armoniosa y pura. Primero murió el odio, y a los primeros acordes el hambre, el desprecio y la fealdad huyeron, como larvas oscuras que a la luz se ciegan y mueren. En todos los corazones vivía el calor del amor. Todas las manos estaban tendidas, todos los pechos eran fraternales. De vez en cuando el niño se detenía y dirigía a Janek una mirada triunfal.

-Un poco más –murmuraba Janek.

El niño seguía. Y de repente Janek tuvo miedo, tuvo miedo de la muerte. Una bala alemana, el frío, el hambre, y él desaparecería antes de que su alma bebiese el Grial humano, creado en medio de la peste y el odio, de las matanzas y el desprecio, con el sudor de muchas frentes y el precio de lágrimas de sangre, en medio del gran sufrimiento del cuerpo y del espíritu, de la cólera o la indiferencia del cielo: el trabajo incomparable de esas hormigas humanas que en algunos años de vida miserable supieron crear belleza para los siguientes milenios.»


Romain Gary
El bosque del odio