13 de diciembre de 2011

American Psycho

«La rata se lanza contra las paredes de cristal de la jaula cuando la traigo desde la cocina al cuarto de estar. Se ha negado a comer lo que queda de la otra rata que había comprado para jugar con ella la semana pasada, que ahora yace muerta, pudriéndose en un rincón de la jaula. (Durante los últimos cinco días la he tenido sin comer a propósito.) Pongo la jaula de cristal junto a la chica y, puede que debido al olor del queso, la rata parece volverse loca: primero corre haciendo círculos, lloriqueando, luego trata de ponerse a dos patas, debilitada por el hambre. La rata no necesita que la aguijoneen y el atizador doblado que pensaba usar sigue sin tocar a mi lado y, con la chica todavía consciente, el animal se mueve sin esfuerzo con nuevas energías, lanzándose por el tubo, que he conectado a la jaula, hasta que la mitad de su cuerpo desaparece, y luego, al cabo de un minuto –su cuerpo se agita al comer- le desaparece todo el cuerpo, excepto el rabo, y tiro violentamente del tubo y lo quito del coño de la chica, impidiendo con él que salga el roedor. Pronto le desaparece hasta el rabo. Los ruidos que hace la chica en su mayor parte son incomprensibles.

Puedo decir que va a ser una muerte característicamente inútil, sin sentido, pero ya estoy acostumbrado al horror. Éste parece destilado, incluso ahora que no me molesta ni inquieta. No lamento nada, y para demostrármelo, al cabo de un minuto o dos de ver a la rata moverse en su bajo vientre, asegurándome de que la chica todavía está consciente, pues agita la cabeza de dolor, tiene los ojos desorbitados de terror y confusión, uso una sierra mecánica y en cuestión de segundos corto a la chica en dos.»

 
Bret Easton Ellis
American Psycho

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