16 de septiembre de 2010

La soledad de los números primos

“En el baño de su casa, Alice despegó el esparadrapo que sujetaba la venda. El tatuaje tenía unas cuantas horas de vida y ya se lo había mirado por lo menos diez veces; y siempre que lo hacía su entusiasmo se evaporaba un poco, como agua de charco al sol de agosto. Esta vez se fijó en lo roja que se había puesto la piel alrededor del dibujo y con un nudo en la garganta se preguntó si recuperaría su color natural. Pero pronto desechó tal temor. Odiaba que todo lo que hacía se le antojara irremediable, definitivo. Lo llamaba “el peso de las consecuencias” y estaba convencida de que era otro de los fastidiosos rasgos paternos que con los años arraigaban más y más en su ser. Envidiaba rabiosamente la despreocupación de las chicas de su edad, su frívolo sentido de inmortalidad. Deseaba poseer la ligereza que correspondía a sus quince años, pero cuando trataba de alcanzarla no sentía sino la furia con que volaba el tiempo. Y el peso de las consecuencias se volvía insoportable y sus pensamientos empezaban a dar vueltas cada vez más rápido, en círculos más y más estrechos.”

Paolo Giordano
La soledad de los números primos

14 de septiembre de 2010

Hanalei Bay

“El hijo de Sachi murió a los diecinueve años atacado por un gran tiburón en Hanalei Bay. Para ser exactos, el tiburón no llegó a devorarlo. Estaba haciendo surf, solo, en alta mar, cuando un tiburón le arrancó la pierna derecha y, de la impresión, el joven se ahogó. Así pues, la causa oficial de la muerte fue ahogamiento. El tiburón se tragó más de la mitad de la tabla de surf. A los tiburones no les gusta devorar hombres. La carne humana no es de su agrado. En la mayoría de los casos, al primer bocado, decepcionados, se van. Por eso hay muchos casos de personas que, siempre que no hayan sucumbido al pánico, han logrado sobrevivir al ataque de un tiburón habiendo perdido solamente un brazo o una pierna. Sólo que el hijo de Sachi se aterró de tal manera que le sobrevino un ataque al corazón, tragó gran cantidad de agua y murió ahogado.”

Haruki Murakami
Hanalei Bay

7 de septiembre de 2010

El camino


“-¡Mirad! –chilló el Mochuelo-. Seguramente será la cigüeña que espera la maestra de La Cullera. Va en esa dirección.
Cortó el Tiñoso:

-No es una cigüeña; es una grulla.

El Moñigo se sentó en la hierba frunciendo los labios en un gesto hosco y engurruñado. Daniel, el Mochuelo, contempló con envidia cómo se inflaba y desinflaba su enorme tórax.

-¿Qué demonio de cigüeña espera la maestra? ¿Así andáis todavía? –dijo el Moñigo.

El Mochuelo y el Tiñoso se incorporaron también, sentándose en la hierba. Ambos miraban anhelantes al Moñigo; intuían que algo iba a decir de “eso”. El Tiñoso le dio pie.

-¿Quién trae los niños, entonces? –dijo. Roque, el Moñigo, se mantenía serio, consciente de su superioridad en aquel instante.

-El parir –dijo, seco, rotundo.

-¿El parir? –inquirieron, a dúo, el Mochuelo y el Tiñoso.

El otro remachó:

-Sí, el parir. ¿Visteis alguna vez parir a una coneja? –dijo.

-Sí.

-Pues es igual.

En la cara del Mochuelo se dibujó un cómico gesto de estupor.

-¿Quieres decir que todos somos conejos? –aventuró.

Al Moñigo le enojaba la torpeza de sus interlocutores.

-No es eso –dijo-. En vez de una coneja es una mujer; la madre de cada uno.

Brilló en las pupilas del Tiñoso un extraño resplandor de inteligencia.

-La cigüeña no trae los niños entonces, ¿verdad? Ya me parecía raro a mí –explicó- Yo me decía, ¿por qué mi padre va a tener diez visitas de la cigüeña y la Chata, la vecina, ninguna y está deseando tener un hijo y mi padre no quería tantos?

El Moñigo bajó la voz. En torno había un silencio que sólo quebraban el cristalino chapaleo de los rápidos del río y el suave roce del viento contra el follaje. El Mochuelo y el Tiñoso tenían la boca abierta. Dijo el Moñigo:

-Les duele la mar, ¿sabéis?

Estalló el reticente escepticismo del Mochuelo:

-¿Por qué sabes tú esas cosas?

-Eso lo sabe todo cristiano menos vosotros dos, que vivís embobados –dijo el Moñigo-. Mi madre se murió de lo mucho que le dolía cuando nací yo. No se puso enferma ni nada; se murió de dolor. Hay veces que, por lo visto, el dolor no se puede resistir y se muere uno. Aunque no estés enfermo, ni nada; sólo es el dolor. –Emborrachado por la ávida atención del auditorio, añadió-: Otras mujeres se parten por la mitad. Se lo he oído decir a la Sara.”

Miguel Delibes
El camino